Al volante

«Con conductores tipo voyamibola o medaigualelrestodelmundo, empiezo una batalla psicológica para devolverles con la misma moneda su egoísmo, gracias a un adelantamiento temerario en la encrucijada más insospechada»

La perfección resulta imposible. La verdad despunta y nos aguijonea sutilmente nuestro orgullo: en menor o mayor medida, nuestro yo más salvaje campa a sus anchas en reductos silenciados de nuestra interioridad. La gracia del asunto consiste en reducir al máximo estos estados de enajenación mental.

Mi debilidad, lo confieso, aparece en el coche. Lo sé y no me agrada.  Si el día es agitado o el tiempo se me ha echado encima, desde la primera curva al volante, soy un conductor rico en improperios. Cuando me doy cuenta de que me excedo, mi consciencia me insta a remediarlo, pero la paciencia tiene un límite y al quinto conductor tarugo, se me nubla el sentido de la lógica y juego al límite. Con conductores tipo voyamibola o medaigualelrestodelmundo, empiezo una batalla psicológica para devolverles con la misma moneda su egoísmo, gracias a un adelantamiento temerario en la encrucijada más insospechada. Algún día, me dicen, recibiré mi merecido, cortesía de un conductor sin escrúpulos, pero mientras tanto, entre desvarío y desvarío al volante, sigo intentando soplar una, dos, tres veces a ver si así aprendo a conducir más mansamente. 

No he sufrido peripecias graves al volante. Yo soy más de pullas diarias sin consecuencias comprometidas, más allá de quitarme por momentos la paz diaria. Aún estoy lejos de la idea de abandonar mi coche después de estrellarlo contra una rotonda, o de conducir embriagado chatarra con ruedas entre mariposas y sin los permisos requeridos. Lejos estoy de montar lío y destrozar vehículos para circular mi ira hacia otros conductores. Me gusta ir a la idea, pero tampoco me llama la atención la velocidad supersónica

Son casos hiperbólicos, cierto, pero mandan señales que deben abrir mi pensamiento y llevar a preguntarme cómo quiero conducirme en el mundo. Si no lo reflexiono bien, los peajes a pagar serán dolorosos y empobrecerán mi alma. Nos guste o no, hay que prepararse a consciencia y no ir por la vida inconscientemente.

Siempre es mejor padecer con resignada ironía nuestra derrota vital, aceptando deportivamente que la debilidad nos vence. La gracia no es la derrota, sino nuestra valentía para enfrontarnos a nuestras debilidades. Por lo que vale la pena conocerse e ir preparados. Y entonces, si lo crees oportuno, disponer de la  cartera llena de efectivo y pachorra por si nos pillan jugando a ser hombres derrotados por sus imperfecciones.