La vivienda estruja la idílica felicidad de esta sociedad consumista. Buscamos cazar una morada confortante ahogados en la jungla inmobiliaria especulativa.

Para sobrevivir, nos amaramos de recuerdos: el idílico reducto de nuestra infancia, protegiéndonos de nuestro miedos a base de imaginar juegos; la época crítica de la adolescencia, en la que rechazábamos todo aquello que oliese a nuestros primogénitos antes de aceptar la realidad que se nos presentaba con toda su crudeza. Resignados, decorábamos con gracia nuestra alcoba. Después de esa breve fase de armonía, los años nos lanzaron a conquistar al mundo, cambiando de habitación cada septiembre mientras aprobábamos créditos o, con el título debajo el brazo, palpábamos el cruel mundo laboral. Desde entonces, con la vida más o menos estable, nos dedicamos a colgar cuadros en las paredes de la casa como demostrando que el tiempo avanza lenta pero férreamente.

Vivimos la vida a la par que las humildes paredes del hogar van limando nuestro carácter. Sin embargo, entre las bambalinas del escenario aparecen caraduras dispuestos a aprovecharse de cualquier vicisitud. Por avatares de la existencia, a veces olvidamos nuestro casa, que queda vacía. La soledad es una tentación para los okupas que, hiperbólicamente ociosos durante el confinamiento, cobran protagonismo con la normalidad: se afanan en aprovecharse de nuestras casas mientras nosotros, desprevenidos, corremos a vacunarnos. Y claro, ya que se asaltan viviendas, como son igual de pillos que cantamañanas, se permiten regalarse las ciudades con encanto para construir impúdicamente su paraíso particular de trapicheos, ruidos y lanzamientos de excrementos por la ventana. 

Seguro que después de desquiciar a todo el vecindario, a los rupturistas les apetecerá aventurarse a una Vigo dúctil, provisional pero preparadísima, esperando ansiosos al cómodo ascensor, paradigma de la distracción para matar la tarde en Vialia o, si ansían más dosis de aventura y no suman más de trece en el interior (por aquello de cumplir alguna norma social), okuparlo en detrimento de los vigueses por el mero hecho de no perder sus viejas costumbres. 

Para estos robaviviendas modernos la fiesta  seguirá y se materializará en deslizarse excitados por los Moving Walks de Gran Vía, las internacionalmente premiadas rampas de la ciudad, imaginando tal vez que están en una nave especial o en Seattle a la gallega, tal como sueña el alcalde.

Después de flipar, y ya con el ánimo sereno de tanta alucinación, la guinda del pastel de la belleza del VigoOkupa los acercará hasta el paseo pausado por Alcabre, mientras la ciudad se rompe los huesos proponiendo soluciones o dejando desfilar el problema a ver si es verdad que el tiempo lo cura todo. 

No debe ser empresa fácil convivir con los apropiadores a los que les importa un carajo el otro. Me duele pensar en los que sufren esta convivencia hostil. Yo me consuelo con llegar hasta el gran mirador donde Vigo se funde con su Ría y perderme entre los azules de las aguas, mirando embobado los colores cálidos de la puesta de sol, soñando aventurarme de nuevo en las Cíes, y dormir aunque sea en una de esas vetustas barquitas de pescadores, que acarician el mar desde el lejano 1469. Si no es mucha molestia, ese sería mi plan cuando pueda pisaros vuestra tierra. Si no les he convencido de mis intenciones, prometo pagar religiosamente.