Empacho de poder

El poder se emborracha de impunidad. Desde siempre, la tragedia de la caída del mandatario soberbio ocurre simétricamente a la velocidad en la que aparece el empacho fruto de los excesos. Sin embargo, escasas veces brotan vestigios de ese pasado remoto ya diluido que anhela el bien común por encima de los intereses personales.

Ya nos lo pensaba Platón en Fedro, con la metáfora del auriga manejando el caballo bueno y hermoso y su contrario, difícil y durísimo de tratar, en un batalla silenciosa contra nosotros mismos en la conducción hacia la verdad y la belleza batiendo a nuestras debilidades en el silencio de nuestro combate diario.

Será por ello que los mandatarios hilvanan un sistema para controlar a un populacho indómito por naturaleza, según sus propias suspicacias desde el poder. Y en esas, se establecen mecanismos de control para velar por el buen funcionamiento de la sociedad. Sin embargo, como si fuese un misterio, de repente,  emerge la complejidad de la naturaleza humana. Y el poder, que se esfuerza por controlar a los que se desvían del orden, se olvida de que puede ser él quien un buen día, encerrado en un despacho, silbe: «Tranquilo, ya verás… nadie se enterará…».  Una sonrisa y unas palabras ingenuas inauguraran una desviación inocente de la ordenanza que debe regir a la sociedad. Es el primer alimento para cocinar por arte de magia una corrupción abrumadora que se forjará con el paso de los años.

En medio de esta fragilidad humana corrompida por el ansia de poseer, no se salvan ni los que deben velar por el comportamiento intachable de los ciudadanos. Y es que… ¿quién debe y puede controlar a los controladores? Una pregunta retórica cuya confusión suele enfureciéndome, aunque a veces suceden excesos o negligencias estrambóticas que al menos sirven para morirnos de risa. Me pregunto, entretenido, después de leer la noticia, si es que nos apartamos velozmente cuando percibimos las luces del automóvil de policía por respeto a la autoridad o porque tal vez sospechamos que la carrocería está para el arrastre y puede ocasionarnos un daño físico irreversible. ¿Será acaso este escándalo socarrón de la policía local Vigo lo que nos abra los ojos?

Mientras yo sudaba tinta y mis ideas se agotaban en mi periplo por la ITV en septiembre, el sujeto responsable de mimar los automóviles municipales no encontraba franja horaria en cita previa o adaptaba el clásico de Larra pensando en que ya la haré mañana que hoy me da pereza y total, ¿quién me va a multar a mí? El péndulo que equilibra la vida. ¡Qué se le va a hacer!

Profundizando en el iceberg de la noticia, descubro con admiración la valentía de los propios agentes, que se rebelaron ante este ejemplo clarividente de la idiosincrasia larriana. Por ello, no me parece de justicia que nuestra sociedad, impaciente por pedir el patíbulo de quién sea al mínimo error, no se percatara de ello. Y es que hay agentes que se toman muy en serio la seguridad vial, aunque deban pelear contra las inclemencias del tiempo.