Inspiración en medio del torbellino

Curioso es nuestro vivir. Nos sentimos satisfechos con pequeñas victorias forjadas a base de cotidianidades. En mi caso, ser capaz estos días de imprimir adecuadamente sin demasiados intentos un documento en A3 y otro en A5. Toda una hazaña.

Pero si los éxitos diarios son simplones, un día horrible va sumando innumerables hechos nefastos cada cual más estresante y rematadamente peor.

Yo, este septiembre: la nevera se estropea el domingo. Repararla no compensa. Qué remedio. En una fulgurante exploración del mercado, compramos otra, a pesar de las quejas de la cuenta corriente. De por medio, el peaje de comida estropeada y beber agua tibia, que mira que incordia en estos calurosos días la ausencia de agua helada. Ahora funciona como un tiro pero el desgaste personal ha resultado brutal: llamada al servicio técnico. Te pongo como urgente pero ya pasaremos cuando podamos. Primera visita para diagnosticar el fallo. La pagas pero te recomiendo que compres una nueva y no repares, cuesta un dineral y yo no lo haría porque te compraste en su día un truño de electrodoméstico. Buf. Mientras, comes compulsivamente en una carrera desesperada para salvar la comida que se va pudriendo. Así que pasas por caja. Zasca y zasca. Dolor de gasto imprevisto. Vuelves a emborracharte de agua fría, delicioso regalo. Y todas las visitas de los técnicos a esa hora imposible, que te obliga a llegar a casa esquivando coches a toda velocidad con el corazón corriendo sin parar.

En medio de este embrollo: revisión de la ITV. Abra el capó, cuando pueda. Y yo, con las neuronas derritiéndose como la comida en mi nevera, me quedo en blanco. ¿Cómo era? Mire usted, es que no suelo hacerlo mucho y en el confinamiento ya sabe, pocos kilómetros… Ahora, las luces antiniebla. Vaya por donde, juraría que es así, pero resulta que no las enciendo… el paciente inspector del vehículo las activa por ti y yo soplo por la vergüenza de no conocer ni mi coche. Al terminar, no se vaya usted. Ruedas desgastadas con ampollas. Falta grave. Buf. Llamada al taller. Cita este día a tal hora. Llegas. No tenemos tus neumáticos. Ole tú. Juraría que por teléfono lo expliqué… dos días tardarán. Quieres montar el numerito pero respiras. De acuerdo. De aquí a dos días a tal hora… ¿Ya los tendréis preparados, verdad?, tengo la tentación de preguntar antes de irme…

A todo ello, sumamos unos mocos de la pequeña que terminan en fiebre. Llamada responsable al médico. Resultado: PCR sin demora y dos días confinados en casa. Buf. Esa sí que no la esperabas, un golpe bajo que termina en un negativo salvador. Hay que ser precavido, pero el susto y los malabares para colocar a la familia tardan en olvidarse.

Y en medio del ataque de nervios y el estrés de ir de aquí para allá, el deber de escribir subyace en los momentos de tensa calma. Llevaba buena racha, ideas fluidas hilvanadas con más o menos acierto, pero yo contento de mi fluidez. Así que pensaba que la sequedad de escritura tardaría mucho en aparecer, si se daba el caso improbable. Pero nada, en medio de septiembre, las conexiones entre mi vida de aquí y vuestras noticias de allá se rompían de golpe, con pavor. Si algo he experimentado es que escribir cuando tienes la mente tensionada luchando para disimular como sea los imprevisibles agujeros diarios es una utopía.

Pero siempre las cosas podrían ir peor y en el fondo, lo mío son nimiedades al lado de la pobre víctima y las rudimentarias maneras del ladrón. Reflexionando sobre los motivos que puede llevar a alguien a cometer tal barbaridad, los hechos reafirman que si algo tiene que salir mal, no hay más remedio que salga mal.

No sé si solucionaremos el mal en el mundo, pero tampoco compensa echar pestes de todo, que muchos otros lo han pasado rematadamente mal sufriendo ataques violentos o luchando por su vida en Moria. Ellos sí sufren. Me digo que debo tomarte las cosas con más humor, ir pausado por el mundo, reírme de mí mismo -tarea dificilísima pero tan liberadora- y leer Vigohoy. No sé cuánto quedaron (solo me faltaría ver fútbol veraniego sin público), pero me hizo gracia la sutileza del titular.

No todo termina mal. Un detalle simple pero que me alegra el día. Me encuentro un amigo después de medio año y lo primero que me pregunta asombrado: ¿Escribes en un diario de Vigo? Qué ilusión, oye, me hace el comentario entusiasta. Y le respondo que sí. ¿El secreto? Lo he descubierto esta semana: si paso por una época aciaga sin inspiración, no me olvidaré de pasarme por la sección de sucesos de Vigohoy. Una delicia para empaparse de ideas.