El Celta derrota al Betis en Balaídos con gol de Gabi Veiga y obtiene una victoria que no merece pese a jugar desde el minuto quince con un hombre más
El fútbol son instantes, son momentos, son suspiros y detalles que pueden cambiar prácticamente todo, que deciden héroes y villanos, separados por una delgada línea casi invisible. Y todos esos segundos decisivos se concentran en apenas quince minutos en Balaídos, tiempo necesario para invertir sensaciones y tendencias: la del Celta, con dos derrotas consecutivas, Coudet ausente por motivos personales, y Iago sentado a última hora en el banquillo, indispuesto en la comida; y la del Betis, que sólo ha perdido en el Bernabéu después de 7 jornadas.
Pero el relato comienza a cambiar con Gabi Veiga, eje del rombo de inicio en el centro del campo, capaz, en el minuto diez, de recoger una pelota intrascendente, recortar para mejorar una jugada que no apuntaba a mucho, y así, de la nada, sacar un latigazo seco, al palo largo, que fija el 1 a 0 en el inicio. Primer instante.
Un minuto después, tal vez dormido en la ventaja, el Celta se hace un lío -aunque sería más correcto afirmar que se lo hace Fran Beltrán- que toca hacia atrás de cabeza dejando a Borja Iglesias con la portería local de frente, defendida y achicada de modo valiente y temerario por Marchesín. El guardameta cubre lo suficiente como para evitar el empate con la punta estirada de la bota. Segundo instante.
Y antes del primer cuarto de hora, un balón largo de Aidoo es descolgado de un cielo infinito por Larsen, que con dos detalles deliciosos amortigua con el pecho, ya girándose, para orientar del todo con la derecha. Luiz Felipe, sorprendido por la delicada maniobra, reacciona tarde y mal derribando al noruego cuando ya encaraba solo el mano a mano. Soto Grado, tal vez distraído por el sol impenitente de la tarde, saca amarilla antes de ser avisado por el VAR. Roja. Tercer instante.
A partir de ahí, y hasta el descanso, se siente cómodo el Celta, tal vez demasiado, incapaz de desatarse buscando acabar con un rival que, aún con diez, juega y toca con decencia. Las ocasiones, no obstante, son locales: la falta de la roja botada por Óscar y despejada por Rui Silva; una chilena de Mallo anulada por un fuera de juego de centímetros; una cabalgada de Carles Pérez que lo deja solo ante el meta visitante, que tapa bien el equivocado intento de regate.
Mueve ficha Pellegrini en el descanso e introduce de inicio a Fekir y William José. El Celta responde a los diez minutos con Paciencia y Renato, que entran por Larsen y Solari. Delantero por delantero y un medio defensivo por un interior, un mensaje, una intención. El Betis lo lee y sube líneas pese a jugar con uno menos. Y así tiene el empate en una buena combinación por banda derecha que concluye con Montoya poniendo el pase atrás a Alex Moreno, que remata de primera para toparse con Marchesín bien colocado.
Pasan los minutos y no da la impresión de que el Celta juegue con un hombre más: no hay pausa para dormir hasta a la grada; tampoco una buena utilización de los espacios, dejándose dominar para buscar la contra decisiva. Hay dudas, hay indecisión y hasta caliente Iago pese a todo.
En el 68, otra vez Marchesín salva los muebles en un saque de esquina rematado por William José a bocajarro. Crece el miedo y entra De la Torre por Gabi Veiga, y Mingueza por Hugo Mallo, superado con muy poco en cada ataque. Y al rato ingresan dos cambios de ovación: Joaquín en el Betis, y Iago, por Carles Pérez, para el Celta.
Queda un cuarto de hora y el miedo sigue ahí, inconsciente, agazapado, temeroso de ver esfumarse la ventaja pese a llevar ya más de una hora con más piernas, con promesas que no acaban de cumplirse. Y sigue y sigue el Betis, y aguanta y aguanta Marchesín, que vuelve a sacar una mano arriba a tiro de Ruibal en el 85, y que observa, con una mirada cargada de clemencia, como un minuto después Joaquín la pone en la cabeza de Pezella, que cruza demasiado en su remate.
Para recordar que todavía está presente, el Celta tiene el segundo en el 88, en un robo de Óscar, que remata de primera con el exterior para obtener la respuesta de Rui Silva. Crece el run run en Balaídos al mismo ritmo que avanzan los segundos, plomizos, buscando un pitido final que alivie la tarde de agonía, de instantes que cambian inercias para no cambiar nada en el relato. Y cuando Soto Grado levanta los brazos al cielo, respira aliviada la parroquia, consciente de que esto, sin Iago -o con Iago al 10%- es lo que hay. A fin de cuentas, ha habido tardes peores. Esta deja tres puntos sin quererlo.

