Recuerdos del Día de Galicia

La vida son los instantes que se consumen serenos surcando en el océano de la cotidianidad. Felices nos sentimos si la calma nos acompaña en nuestro día a día, ahogando estridencias, aventuras imposibles que tanto anhelamos vivir, o desenlaces dramáticos irremediables.

El pensamiento no es mío. Lo cojo prestado de un escritor de mi tierra. Evidentemente, él lo expresaba con muchísima más clarividencia pero sobre todo, con una brevedad abrumadora. Y ya conocen lo que reflexionó Baltasar Gracián.

Yo me venturo a dar un paso más. Nada ocurre excepto cumplir con nuestros quehaceres diarios, y así la vida se nos escapa, anestesiándonos. Pero entonces, en este preciso instante en que nos borramos del mundo, todo se desencadena, y hechos estrambóticos estallan de golpe, uno detrás del otro, hundiendo lo poco que nos quedaba de vida.

Por vuestros parajes, en la semana grande del patrón, la sociedad enloqueció. El Día de Galicia, en casa desayunamos a lo grande con croissants y donuts. Celebramos mi santo y el de mi hijo, otro hilo que me une a Vigo. Así, mientras yo saboreaba cómo el chocolate se derretía en mi boca, pensaba en el varón que quiso quemar el Cunqueiro descontrolado de ira al ser expulsado del centro. Con medio donut en la boca, me doy cuenta de que no conozco a nadie a quien le gusten los hospitales, pero algunos pierden los nervios de muchas maneras, como acaso acechó de golpe el horror a la veintena de vigueses que iban buscando diversión en el barco y terminaron encontrando la soledad del aislamiento preventivo.

El sorbo de café me reconcilia con la policía local, en medio de su vorágine laboral para asegurar el buen hacer en los días del Patrón. Me los imagino corriendo tensionados como si fuesen actores hacia la terraza del local para apaciguar los ánimos de la pelea multitudinaria entre sillas, navajas tiradas a hurtadillas bajo turismos y discusiones. Y quién sabe si a la mañana siguiente, me digo con el zumo de naranja en la mano, uno de los implicados quiso pasar desapercibido recostándose desnudo en la mesa del local, ahuyentando los posibles clientes que van tan escasos en tiempos de COVID. En su estado, perdió los nervios y suerte que la piedra no mermó a los estresados agentes de policía. A veces no valoramos a lo que se exponen los agentes cuando la sociedad parece enloquecer. Pero quizá desordene cronológicamente hechos asombrosos. Satisfecho de este generoso almuerzo, seguro estoy de algo.

Quizá los que peor lo pasan estos días son los coruñeses. Deben sobrecogerse ante el nuevo derbi contra el Celta B y el Coruxo. Pero quién sabe, tal como están moviendo los hilos para recuperar ruinmente la dignidad futbolística en los despachos, tal vez se ahorren la quema en el barro igual que nuestro Cunqueiro.

Me levanto de la mesa ya vacía. Saciado, se me escapa otro aforismo personal: en este mundo las entrañas del poder vencen injustamente y sin piedad. Mucho me temo, con el cariz que está tomando el asunto, todo quede en una pesadilla y los aficionados del Depor no deberán soportar las mofas de los aficionados del Celta.

De todas maneras, el placer de observar el ridículo histórico de pasarse julio en Segunda B, eso no nos lo quitarán nunca más.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí