Milagros

«Las ciudades también viven sus milagros. Vigo, por suerte, no es la excepción a la norma»

La  vida,  como  los  secretos  de  las  matrioskas,  se  nos  abre  a  milagros  que  se  esconden  entre  los  quehaceres  diarios.  Ni  nuestra  tendencia  a  burocratizar  la  existencia  consigue  diluir  milagros  diarios  que  se  nos  regalan.  Siempre  y cuando  estemos  dispuestos  a  ello,  claro.  Los  milagros,  para  que  ocurran,  hay  que  quererlos.  

En verano, época de pausar el reloj, florecen con más júbilo. No hace  falta vivir  nada  exótico  para  experimentar  esos  regalos:  el  milagro  de  escuchar  los  primeros lloros de un hijo que te agarra la mano con debilidad mientras succiona,  no me sueltes, parece decirte mientras sus pupilas se van cerrando. La osadía del  hijo miedoso del agua de lanzarse solo, como si su lucha contra el temor no existiese,  en  el  preciso  instante  en  que  en su  maduración  se  convence  de  que  ahora  es  el  momento para, al cabo de pocos días, descubrirle la riqueza del fondo marino que  tenías  ya  olvidada. La  calma  del  paseo  a  solas  con  otro  retoño  en  búsqueda  de  pájaros  y  saber  identificar  la  especie,  la  ternura  de  recibir  los  últimos  besos  ingenuos de la mayor, el milagro de redescubrirla a ella,  tu mujer, en la suave  brisa marina y hablar de  todo como hacía mucho para, simple y  felizmente, estar juntos.  

Las ciudades también viven sus milagros. Vigo, por suerte, no es la excepción a la norma. El milagro del talentoso futbolista que sigue enamorado de un escudo y marca goles de genio para brindaros tres puntos de Montilivi, el espanto de encontrarte una sorpresa animal con susto incluido cuando vas a hacer tus necesidades vitales, la generosidad del que entiende su trabajo como un servicio para mejorar las calles aunque en ese momento sea su descanso, el tesón del Banco de Alimentos para llegar sin descanso a 22.000 vulnerables, la humanidad de una justicia que se esfuerza de vez en cuando en ver a personas más allá de sentencias, la generosidad de Diana de Cluny de ir contracorriente y entregar su vida a algo grande, la capacidad insaciable de la naturaleza para sorprendernos encarnada en la nostálgica Ría, las ganas de aprender, sacrificándose para superarse y enriquecerse como humano, el curioso milagro de avanzar la Navidad aún sudando la gota gorda para soñar millones de visitantes mientras desde Nueva York contemplen la gran estrella de los catorce metros. Aunque más les vale por aquel entonces al equipo del alcalde que esos turistas se acerquen a una oficina de turismo en condiciones y preparada, porque es un curioso milagro que esté no solo un año para inaugurarla, sino que se haga al final del verano, cuando los turistas huyen para dejar Vigo a los vigueses.