Miedos

Resulta complicado empatizar con el sujeto que enloquece desmesuradamente ante una realidad que a uno no le produce ninguna reacción dolorosa o como mucho, nos deja indiferentes

Lo peor del miedo no es el objeto que lo causa, si no la irracionalidad que lo envuelve, la incertidumbre de no acertar con su procedencia o el sentirse incapaz de entenderlo y por ende, dominarlo. Por si no fuera suficiente angustia lidiar con esa angustia, hay que sumarle  la incomprensión de los seres más allegados que nos rodean. Resulta complicado empatizar con el sujeto que enloquece desmesuradamente ante una realidad que a uno no le produce ninguna reacción dolorosa o como mucho, nos deja indiferentes.

Pero no nos engañemos. Todos escondemos miedos acechándonos y dispuestos a aguijonearnos la existencia. Los miedos se encargan de ponernos en nuestro verdadero lugar y recordarnos, aunque nos duela, que somos de barro. Probablemente por eso, los pelos se me pusieron de punta y se me encendieron todas las alarmas cuando leí algunas palabras del titular: Repicadura. Avispa. De sopetón, se terminó el conocer a esos vigueses pioneros y rebosantes de orgullo enfrentándose a su alergia con coraje. Abandoné la lectura, aterrado. Y la hinchazón de la avispa retrocedió al pasado de mi infancia.

Verano. Y con todo su colorido aparecía el zumbido de las abejas, que revoloteaban cerca de mi apetitosa sangre para acribillarme. Me levantaba cada mañana con el cuerpo escociéndome de pequeños huracanes de todos los bichos del mundo. Pero nada comparado con una picadura de abeja in situ. Después del dolor eléctrico del aguijón, mis carnes se hinchaban doloridas. La dolencia duraba días en un gráfico de curvas infalible. Reviven, a vueltas, un par de momentos que se me quedaron grabados.

Nunca olvidaré ese julio del 94. Capitaneados por las barbas de Alexi Lalas, la américa exótica empezaba a pegar balonazos deseosa de conquistar un deporte el cual se le resistía humillándola. Entre los éxitos efímeros de los elegantes suecos y unos búlgaros indómitos y talentosos, una Brasil de hechiceros venció a la ruleta rusa a la Italia del mago Baggio y del odiado y desterrado Tassoti. Ese día, desgraciadamente, la samba entendió que si querían ser los reyes del fútbol debían dejar de lado las acrobacias y abrazar el resultadismo. Pero mi padre, mi referente futbolístico, se perdió la gran final. Algo muy fuerte debía ocurrir para privarle de gozar del gran evento cuatro años después. Yo la vi, pero como anestesiado,  pensando en la suerte de mi hermana mayor. Esa maldita tarde, recibió en el mismo lugar dos picaduras crueles de avispa y tuvo que ir corriendo a urgencias, porque el tema tenía mala pinta…

Quiero borrar de mi memoria esa avispa que volaba distraída cerca de mi oreja. Yo, ensimismado con cualquier tontería de chaval, no me di cuenta y me puse la clásica gorra de verano. El insecto se vio de repente acorralado, y en su afán de huir, me dejó un dolor tan hondo que me desfiguró la cara una semana entera.

Ahora, por suerte, vivo más aliviado al no disponer de reservas de deliciosa sangre por mis venas.  En verano sigo al acecho del insecto aunque respire un poco más tranquilo. Así pues, espero que encuentren la vacuna y gracias a esos vigueses alérgicos puedan todos vivir más esperanzados. Por lo que a mi caso se refiere, me contentaré si en lugar de huir cuando oigo el zumbido de una avispa, aspire a ser capaz de separarme del terrible insecto unos tres metros prudenciales (eso de mantener la distancia de seguridad) y proseguir como si nada la conversación.