Metamorfosis celeste

Brais Méndez celebra el segundo tanto. Foto: LaLiga.

El Celta vence 2-0 al Alavés gracias a un doblete de Brais, suma su cuarta victoria consecutiva en LaLiga, y se sitúa séptimo en la clasificación

«Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto». Con estas palabras, Frank Kafka da comienzo a su genial y delirante relato de La Metamorfosis, en el que el bueno de Gregorio se acuesta como viajante de comercio y se levanta como cucaracha. Una metáfora de la alienación del individuo en una sociedad rendida al trabajo. Y un buen ejemplo, salvando las distancias, para explicar lo que es el Celta del ‘Chacho’ Coudet, un equipo que de la noche a la mañana ha mutado de frágil e intrascendente, a aguerrido y dinámico; de soporífero y perdido, a electrizante y pasional; de insufrible y agónico, a vigoroso y convencido; de sumar una victoria en nueve jornadas, a encadenar cuatro seguidas, algo que no sucedía desde hacía más de 6 años.

Su última víctima, el Alavés, ejecutada a manos de Brais Méndez, que es en sí mismo una metamorfosis individual dentro de la metamorfosis colectiva de este Celta. El mediapunta, segundo delantero ahora tras la lesión de Santi Mina, liquidó al Alavés con dos goles: el primero de cabeza, a centro perfecto de Olaza. Uno de esos esférico que vuela con una rosca tan jugoso que resulta sencillamente indescriptible, como si llevase colgado un cordelito del que pende un cartel en el que puede leerse perfectamente, ‘Remáteme’. El segundo, a puerta vacía, a quince minutos del final, cuando peor lo estaba pasando el Celta, y tras un genial movimiento de Iago Aspas, quién si no.

Ambos goles llegaron precedidos de sendas jugadas colectivas en las que el balón se abrió rápido, sin ningún atisbo de duda, desde una banda hacia la otra. El primero, en el minuto 20, el segundo, en el 75. Antes, y en el medio, hubo varios partidos dentro de un mismo partido, que permiten comprender también la verdadera dimensión que está alcanzando este equipo de Coudet.

El primer duelo se dirimió en el arranque y se alargó hasta el descanso. Un choque al que solo compareció el Celta, convencido y dominador. Marcó un gol, pero pudo hacer alguno más arrojando sensaciones continuas de peligros. Esos ‘uy’ que dejan un sabor amargo en el equipo y en la hinchada, conscientes ambos de que tal vez lo acaben lamentado. Un pase filtrado de Iago a Nolito, que no alcanza por centímetros; un tiro del propio Nolito tras combinación al primer toque que bloquea Ely -convertido al poco en la peor noticia de la tarde en lo que aparenta una lesión grave de rodilla-; otro chut de Mallo tras taconazo de Aspas; una parada de Pacheco a tiro de Brais…

El segundo partido dentro del mismo choque se presentó a la vuelta de vestuarios, y duró hasta que Brais puso la puntilla. El Alavés adelantó la presión, consciente de que sólo quitándole la pelota al Celta podía aspirar a hacerle daño. Y así pudo llegar el empate. La tuvo Joselu en un córner, pero se encontró con una parada de Rubén de esas que se celebran como un gol. La echó arriba al poco Bataglia tras un centro de Luis Rioja. Y la volvieron a tener los vitorianos en un zapatazo de Jota repelido por Araujo.

El ‘Chacho’, viendo que los suyos sufrían –aunque también cabe decir que han aprendido a convivir con el esfuerzo– fue virando el choque hacia la pausa y el bostezo. Primero entró Okay por un Denis exhausto de correr. Luego hizo lo propio Fontán por Nolito, para implantar una defensa de tres centrales con la que acabar de anestesiar el duelo. Algo que encontró en esa espalda ganada por Iago y ejecutada por Brais en el 2-0.

Al final, cuarta victoria liguera consecutiva, y tercer partido seguido dejando la puerta a cero. Desde la llegada de Coudet, trece goles a favor en cinco duelos, dieciocho en seis partidos si contamos el de Copa. El Celta viaja séptimo en LaLiga tras una alucinante metamorfosis que ha durado apenas mes y medio. La hinchada, expectante, continúa frotándose los ojos, casi con violencia, como si esperase que en algún maldito momento el sueño se fuese a terminar. Pero no es un delirio, es algo real y conviene disfrutarlo.