La guerra continúa: el Celta acusa a Caballero de ocultar información sobre la reforma de Río

El Club escenifica un nuevo desencuentro con el Concello apenas unos días después de que el alcalde se refiriese a una reforma que debería estar terminada en 2017 como «la mayor obra pública de la historia de la ciudad»

La guerra que desde hace años viene enfrentando a Concello y Celta, Celta y Concello, ha escrito en las últimas horas un nuevo capítulo; uno más. Y van… Mucho han cambiado las cosas desde el verano de 2014, apenas un puñado de meses antes de unas elecciones en las que el acalde, Abel Caballero, aspiraba a revalidar mandato alcanzando su primera mayoría absoluta. Una época de promesas y buenismos sustentados por un papel que todo lo aguanta. Fue ahí, a finales de agosto, cuando Celta y Concello, Concello y Celta, estrecharon sus manos alegres y convencidos: un nuevo Balaídos esperaba; un estadio a la altura del Club y de la ciudad que estaría listo a comienzos de 2017 y que costaría unos 25 millones de euros.

Hoy, siete años después, nada se sabe de esa fecha ni de ese coste. Y si se sabe algo, es el enésimo desencuentro. Uno que viene provocado por la reforma de la Grada de Río, sobre la que el Celta acusa al Concello de ocultar información.

En un comunicado emitido en las últimas horas, el club considera «imposible» determinar cuantos asientos desaparecen y cuantos hay disponibles en dicha grada, después recibir el plano del ayuntamiento una vez concluidas las obras. Una nota pública en la que el Club recuerda que la Comisión de Transparencia de Galicia ya ha instado al Concello a facilitar al Celta planos e información sobre el aforo de la grada de Río Bajo del estadio de Balaídos a raíz de las obras realizadas y previstas en la misma. «El ayuntamiento está tergiversando la resolución del Comité de Transparencia, favorable al Celta», afirman.

Es el último choque de un eterno conflicto que se ha enquistado con los años, a la misma velocidad a la que se han ido ralentizando los plazos y elevando los costes. Por ejemplo, la grada de Marcador pasó en un año de 13,8 a 16,6 millones. .

Males a los que se fueron sumando otros mayores, como la famosa concesión administrativa sobre el estadio, que permitiría al Celta hacer un uso comercial de las instalaciones a cambio de un canon anual. Canon que, después de muchas vueltas, se fijó en 890.000 euros, y que acabó perdido también en la marea de enfados y descalificaciones.

Y eso que, en medio de todo este proceso, hubo un tiempo en el que parecía que las aguas volvían a su cauce. Fue el 16 de diciembre de 2017. Aquel día, en el Pazo de los Escudos, se escenificó un acuerdo a tres bandas entre Xunta, Concello y Club para garantizar el futuro del equipo: la Ciudad Deportiva estaría en Mos -tras innumerables planteamientos para construirla en Vigo que el tiempo y la falta de plan urbanístico se llevaron por delante-, y el nuevo Balaídos se terminaría de la mejor posible a cambio de una concesión que asumiría el Celta.

Ese jornada, Carlos Mouriño regaló a Caballero y a Feijóo un reloj con una inscripción: «Presente, futuro e ilusións. Poñamos os nosos reloxos en marcha. Neste momento conectámonos». Pos desgracia, el reloj dejó de dar la hora poco después. En el ayuntamiento, por el que motivo que fuese, no gustó el proyecto deportivo de Mos, y empezaron a poner trabas a su desarrollo, presentado objeciones a la modificación del PXOM del municipio vecino.

El club, en boca de su presidente, estalló: «Alcalde, no me sometes; no vamos de la mano». Era marzo de 2018; apenas 3 meses después de aquel acto de Los Escudos que encabezó un ilusorio lema: «Xuntos construimos o futuro». Después llegarían nuevos desaires, ausencias o movimientos en el palco, anuncios y contraanuncios de proyectos de gradas y reformas… hasta hoy.

Por el camino, Caballero sigue, pese a todo, mostrando una gran satisfacción por el devenir de una obra que, pase lo que pase, ya puede ser calificada como histórica. Para bien o para mal. Así lo afirmaba, pese a todo, el propio regidor hace unos días, cuando se refería a la reforma como «la mayor obra pública de la historia de la ciudad». No le falta razón. Al menos en cuanto a años extra de trabajo y desencuentros.