Los gurús ya lo vaticinan, pero me tomo la licencia de verbalizarlo una vez más: engullidos por artefactos tecnológicos, las ideas dominarán nuestro mundo los próximos siglos. (Ahora que lo reflexiono, las ideas juegan desde épocas pretéritas este papel, pero quizá ahora con más poderío y bravura. Así, los trabajos monótonos las máquinas los realizarán incluso más económicos y el ser humano se podrá dedicar a lo que realmente nos define, como es al acto de pensar ideas).

Quizá por ello, Vigo, además de presumir ser una gran urbe de belleza callejera, apueste ahora por premiar la idea sublime que conecte con eficacia, belleza y arte a 40.000 vigueses. Vigo, la ciudad que desprecia concursos vulgares y efímeros para fomentar el bullicio de ideas ingeniosas. Es el progreso urbano que me gusta

Quizá la casualidad de diferentes momentos que convergieron cronológicamente resultaron al inicio de descartar a posibles afamados aspirantes. No sé si se le truncó el sueño del éxito al vecino de Salceda de Caselas que cultivaba desesperadamente decenas de plantas de marihuana para inspirarse; o si en Porriño preparaban un gran cóctel de ingenio envasando ideas difusas; o tal vez la policía desenmascaró al vecino de Bueu que quería ser el héroe del concurso escondiendo el botín. ¿Acaso anhelaban ostentar el sabor del premio a la mejor idea civil viguesa?

Llamadme sagaz, pero creo que el Ayuntamiento escarba con la intención de palpar auténticas ideas para la armoniosa movilidad entre García Barbón y Vía Norte. Son esas ideas que se cuecen a fuego lento, a base de mucha soledad, tiempo improductivo por delante, tesón y constancia, ensayos e infinitud de errores, sumando montañas de humildad para aceptar que, a pesar de intentarlo, a veces no damos para más para después aparecer de la nada en un ¡eureka! extasiado. Y esas ideas, que son las que perduran y se graban en el ser del hombre, van muy escasas. Se necesitan mucho más que estímulos alucinógenos para cultivarlas.