Un gol de Pione en los últimos minutos da el Celta una merecida y buscada victoria que lo saca de puestos de descenso

El Sevilla se adelantó en el primer tiempo tras el enésimo error de la zaga celeste esta temporada

Decía Eduardo Galeano que el gol es el orgasmo del fútbol. “El gol, aunque sea un golcito, resulta siempre gooooooooooooooooooooooool en la garganta”, relata el genio de Montevideo. Y así retumbó entre las voces de miles de celtistas que contenían el aliento cuando recién cumplido el minuto 90 Mina prolongó para Okay, y éste encontró a Pione entrando en el área sevillista.

Fueron segundos que transcurrieron a cámara lenta, en busca de la justicia perdida durante semanas; el tiempo que se paraba, que flotaba y hasta se mascaba en el ambiente de la hinchada, impaciente y medio silenciosa ante la resolución del extremo. El murmullo del miedo. Un golpeo seco, cruzado, con la izquierda, al palo. Suspense y… gooooooooooooooooooool. Éxtasis en el 91.

Un tanto que venía a hacer justicia a lo visto en los noventa minutos precedentes. Y al relato del Celta en LaLiga, tan injustamente escrito en el declive de muchas tardes de domingo. Ésta pintaba igual de mal, porque mientras que la noche caía en Balaídos al ritmo que marcaba un fino talud de lluvia vespertina, el Sevilla se adelantaba en el marcador. Un saque en largo de Vlacik, el enésimo error de la zaga celeste en lo que va de campaña -le tocó en esta ocasión a Olaza- y gol de En-Nesyri. Buena definición ante Rubén.

Poco o nada había hecho el Sevilla para verse por delante. Y poco o nada hizo desde entonces, salvo aprovechar nuevas indecisiones del Celta en cada balón largo a la espalda de la defensa. Entre los fueras de juego y Rubén, el equipo ganó los vestuarios con un sabor agridulce entre los dientes.

Para entonces ya habían comenzado a crecer Iago y Rafinha, y Okay semejaba un pirata turco que se alzaba victorioso en la batalla tormentosa en que se había convertido el centro del campo. Y sin embargo, nada. Todo seguía igual. Hasta que llegó una genialidad provocada por estos tres jugadores, los mejores de la tarde con permiso del ‘salvador’ Pione, que ingresó en el descanso por Brais Méndez.

Corría el minuto 77 cuando Okay la agarró en campo propio, revelándose contra el cansancio y el destino. Cruzó la divisoria, arrastró con él a tres rivales, y entonces tuvo la sangre fría suficiente de pararse y hacer algo sencillo y admirable al mismo tiempo: dársela a un compañero con más clarividencia: Rafinha.

El ‘loco’ Bielsa dejó escrito que “una cosa es la técnica y otra el talento”. “Meter un balón al espacio vacío, es algo que requiere solo de buena técnica, algo que tienen muchos jugadores. Pero tener la visión de hacerlo en un partido decisivo, en el momento justo, con la velocidad y el efecto necesarios, precisa de la llama del talento. Hacer esto con la marca encima, y nada de tiempo para pensar es cuestión de elegidos”. Y eso es Rafinha, un elegido. Igual que Iago, que encaró y, mientras que el mundo entero gritaba ‘chuta’, tiró también de talento para regatear a Vlacik y empatar a unos el partido.

El final ya se ha contado. Fueron unos minutos inolvidables que acabaron en el gol de Pione. Un tanto que hizo delirar a la multitud y estallar a Balaídos, que por unos segundos olvidó que es de cemento y se fue al cielo; un lugar inolvidable en el que se esconden los sueños y que saca al equipo del descenso. Continuará.

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