El Celta revienta el bote de ketchup

Los jugadores abrazan a Murillo tras el primer gol del central. Foto: LaLiga

Los de Óscar García golean 6-0 al Alavés en un choque que duró 27 minutos: lo que tardaron los locales en marcar los dos primeros tantos y Martín en irse a la ducha con roja directa tras una fea entrada sobre Rafinha

Carrusel de cambios para dosificar al equipo en la segunda parte, con debut de Nolito incluido que sumó un gol y una asistencia a Santi Mina, que cerró la cuenta

El cielo gris plomizo dibujaba una tarde aburrida, ocultando el brillo de la cubierta ondulada de Balaídos. En los aledaños del estadio, un grupo de policías pasean en modo vigilancia, y todavía hay sitio para aparcar media hora antes de que comience el choque. Fútbol en época de Covid. Nada que augure lo que va a suceder; porque apenas dos horas después el Celta habrá destrozado al Alavés en uno de los mejores partidos del curso. Cuesta abajo, eso sí. Con todo a favor, eso también. Pero un 6-0 es algo que tal vez sólo recuerden algunos viejos del lugar. Desde 1954 (un 8-1 contra el Atlético) los vigueses no se paseaban tan holgados. Los más jóvenes recordamos un 6-1 al Rayo con el ‘Toto’ en el banquillo. Nostálgicos de aquella bendita locura.

Porque así de maravilloso es este deporte. «Fútbol es fútbol», que resumió Boskov. Un equipo que llegaba después de casi 400 minutos sin gritar gol; negado de cara a puerta; intrascendente; incapaz de generar casi ocasiones. Acuciado por el olor a azufre del infierno. Pero todos los malos augurios se fueron al carajo en poco más de 40 minutos, tiempo suficiente para reventar el bote de ketchup. Porque el secreto de los goles, como tan bien nos explicó Van Nistelroy , es un poco ese: agitas y agitas histérico el dichoso bote, y no sale ni una gota. Y de repente, has embarrado el plato de rojo.

Y así fue hoy. Eso sí, con un alarde de coherencia desde la alineación inicial, armada desde un 4-2-3-1 que despertaba la añoranza: ese sistema inventado por Irureta para dar cabida a Mostovoi; el tránsito del 4-4-2 a la modernidad. Luego llegarían los tiempos de los discípulos de Cruyff, en los que la vida sólo cobraba sentido bajo el 4-3-3. Pero también hay fútbol en el denostado doble pivote; vaya si lo hay. Con Okay y Beltrán haciendo lo que deben: que Rafinha, en el enganche, se sienta libre de inventar. Con Denis tirado hacia la izquierda y Iago transitando en la derecha. Con Smolov de 9 puro fijando a los centrales.

Con ese dibujo, el Celta maniató y dominó a los de Garitano desde el minuto uno. Y, pese a todo, el ketchup afloró a balón parado. Un saque de esquina botado por Denis; un rechace; otra vez el balón a Denis; un segundo centro templado, fuerte y con rosca, de esos que llevan colgada una etiqueta que grita ‘remátame’. Y lo hizo Murillo: picado y fuerte abajo.

Poco después, otro penalti por mano, y un déjà vu: Iago cogiendo la pelota. La colocó con mimo y la pego con rabia: al mismo sitio en el que hace sólo 3 días Masip le había detenido el lanzamiento. Esta vez no. El balón llevaba el alma dolida en el golpeo, y cuando Roberno quiso reaccionar, ya estaba dentro.

Seis minutos después, una roja directa a Martín por una fea entrada sobre Rafinha ponía el punto final a las intrigas. Pero no se durmió el Celta, ansioso de darse un atracón después de haber pasado tanta hambre. Siguió apretando, siguió jugando, y a lomos de la ganada libertad de Rafinha en ese 4-2-3-1, el mediapunta sumó dos goles en dos minutos para mandar a todos al descanso, y a algún otro despistado a dormir la siesta una vez robada la emoción.

La reanudación sirvió para que Óscar comenzase a pensar en el Reale Arena. Bradaric por Okay, que vio amarilla y no viajará a San Sebastian. Mimos para Rafinnha en la vuelta a casa de Nolito, que pasó a ocupar la banda centrando a Denis. Minutos para Mina y para Brais, ansiosos de dejar atrás la mala sombra. Y un cambio que transitó por la delgada línea que separa la obligación del miedo: el de Murillo, tocado, por Aidoo.

Y aún así, faltaba el fin de fiesta. Otra pena máxima, y balón para Nolito, que lo mima, lo acaricia y lo coloca. Golpea como siempre, como tantas veces, desatando la locura y la añoranza. Su gol número 40 con el Celta. Parece que fue ayer. Y en el último suspiro, asistencia de cuchara del extremo hacia Santi, que huyendo como un loco de aquella mala sombra, tira por fin una diagonal a la espalda de la defensa. Tuvo premio en ese pase genial, que él se encargó de colocar en una escuadra. Gol, set y partido. Pero que nadie se confíe. Son sólo tres puntos y todavía rezuma en el ambiente el olor a azufre. Un poco más lejos, a cuatro puntos, pero el infierno acecha. Próxima parada, el miércoles: siete y media de la tarde. San Sebastián.

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