Diario de un padre de familia confinado: Día 14

Día 14 del año 1 después de Covid 

“Enanos a hombros de gigantes” 

Sigo torcido. Muy torcido. Revirado. El bicho ataca a todo el mundo, y comienzo a tener gente cercana, a la que quiero, con familiares hospitalizados. Descansan en una planta aislada, con la única compañía de los tubos y las máscaras. El borboteo del oxígeno cumpliendo su función. La soledad. Por fortuna están bien. No todos pueden decir lo mismo.  

Cabalgamos sobre las cifras, aplastándolas de modo embrutecido. Casi 6.000 españoles menos, más de 800 en un solo día. Hospitales desbordados, UCIs ambulantes, sanitarios enfermos, más confinamiento, calles desoladas… Pero nada es comparable a morir solo. A no tener alguien que te dé la mano en el último paso, en la palabra definitiva del relato. Un beso cálido sobre la piel ya fría, una mano que desliza los párpados ocultando las pupilas vidriosas, ya vacías, de camino hacia lo desconocido.  

Eso es de lo que va esta crisis del carajo. Por eso me niego a deshumanizarme; por eso me aterra escuchar a los holandeses decir que sus ancianos no tienen cabida en el sistema hospitalario. “Somos enanos encaramados a hombros de gigantes. De esta manera, vemos más y más lejos que ellos, no porque nuestra vista sea más aguda sino porque ellos nos sostienen en el aire y nos elevan con toda su altura gigantesca”. Ya lo dijo Bernardo de Chartres hace más de ocho siglos. Nuestros padres son los gigantes; nuestros abuelos son los gigantes. Y nosotros somos los jodidos enanos que vemos tan bien gracias a ellos. Por eso me repugna la estupidez holandesa. Con perdón. 

Como ven, sigo divagando. Algo muy propio y adecuado tras medio mes de encierro. En teoría, hemos alcanzado el ecuador. Sólo en teoría. Porque en la práctica todos sospechamos lo contrario. Hoy, más lógica: suspendidas las actividades no esenciales. En mi caso, casi diría que es una bendición: mi mujer se queda en casa 15 días. ¡No estoy sólo en las clases digitales! 

Termino ya. Hoy es 28 de marzo y los vigueses deberíamos estar de vino y choripanes hasta las cejas, celebrando la Reconquista. Lo haremos; en otro momento, pero lo haremos. Mientras tanto mantendremos esta batalla silenciosa y deshumana. No lo duden, vale la pena para que un puñado de hombres buenos –cualquiera de nosotros- pueda despedirse de los suyos como Dios manda. Para todo lo demás siempre nos quedará Holanda.      

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