Con aroma de morriña

El Celta cierra la temporada en Balaídos con una victoria por la mínima gracias a un gol de Denis en el que puede haber sido su último partido en el Club

Tantas, demasiadas cosas dependían del sabor a nostalgia y morriña de la tarde. De un día cualquiera de mayo, triste y gris por nubes de bochorno y de desagüe, que nos recuerdan todo aquello que ya fuimos y, quien sabe, quizá nunca más seamos. Lo entiende Denis, lo comprende la grada, lo percibe, en el fondo, todo el mundo.

Tal vez por eso el de Salceda se besa el escudo mirando a cámara cuando marca el único tanto del partido en el minuto 9. Es un gesto más con sabor a despedida, o a despedido, con bálsamo de adiós, con un quiero y no puedo. Porque Denis quiere, pero Mouriño, el presidente, no puede. O no quiere querer poder, que al final viene siendo lo mismo. Un lío de despachos, que es algo así como un lío de faldas, que pondrá fin, si nadie lo arregla en quince días, a una bonita historia; bonita mientras duró.

Y si no que se lo pregunten a Iago, jugador generacional, referente de tantas y tantas ilusiones del celtismo, que, vislumbrando ya otro Zarra, no para de pedir la continuidad del mediocentro. Ese chico delgadito y medio rubio, que llegó siendo una estrella aun sin serlo y, con el Chacho, aprendió a sudar como si le fuese la vida en ello para aproximarse, al fin, a un conato de buen futbolista. Quizá no llegué nunca a romper en aquello que algunos imaginamos un buen día, pero sí que tiene la calidad diferencial suficiente para mejorar este Celta. Da igual, las faldas, los despachos, mandan.

A la conclusión del choque, el propio Denis nos recuerda una evidencia: “El celtismo está por encima de cualquier persona”. O no. Quién sabe cómo pueden pensar, por ejemplo, por decir algún lugar a bote pronto, en México.

Antes, durante 90 minutos de tarde casi tediosa –al Elche sólo una apoteósica trilogía de rebotes podía mandarlo a un infierno que esquiva con otros resultados-, juega más y mejor el Celta. Aunque a nadie importa entre tanto aroma de morriña, esa nostalgia que echa también de menos a Nolito, que no puede despedirse sobre el césped pero está presente al menos en los recuerdos de la hinchada.

La emoción aprieta, también a Iago, que continúa su espiral de fallos ante el gol, muchos creados por él mismo, claro, en una especie de Deja vù de lo visto en Barcelona hace unos días. Y, pese a todo, como ya se ha escrito, suma 17 goles en la Liga y acaricia un nuevo Zarra, que se jugará con Raúl de Tomás y Juanmi en la última jornada, esa en la que los del Chacho visitan Mestalla, en horario cambiante pues nada se juegan ambos pretendientes. Lo cual es bueno y malo al mismo tiempo. Bueno, pensarán en Cádiz, en Mallorca o en Granada. Malo, aquellos que atesoran ambición.

Lo cierto es que la temporada se cierra en Balaídos con victoria y con el Celta en media tabla, de donde ya no se moverá en la última fecha. Puede ser noveno si vence al Valencia y pincha Osasuna, o undécimo si cae en ese duelo final.

Todo lo que queda ahora por delante es preparar el centenario, ese momento decisivo en el que el club deberá demostrar cuánta ambición cabe en su pecho, en la historia de un equipo forjado, como tantos, en la adversidad. No estará Denis, no estará Nolito, no estará Santi Mina. Pero estará Coudet y, por supuesto, estará Iago. Rodearlo bien es el paso que marca la frontera entre la mediocridad y los sueños. Aquí, y en México.