Balaídos, próxima estación

Quizá el destino nos reserva otro desenlace espantoso, pero cada vez está más cerca mi sueño de animar un Girona de Primera desde la grada de Balaídos

El sol suave de la tarde de agosto acaronaba el cemento desolado de un Balaídos casi desnudo. Sonaba un silencio fúnebre. Nadie quería acompañar al equipo por el periplo del barro. Excepto yo. Mi ilusión era vuestro drama. En una eliminatoria salvaje contra el Ceuta, rozando la ley de la jungla, mi ciudad y mis colores de la infancia alcanzaron la División de Plata cincuenta años después. Yo, que nunca lo hubiera imaginado. Yo, que lo deseaba como quien se resigna a experimentar los imposibles en televisión, podía disfrutarlo en directo. Y era verdad. Mi equipo, acostumbrado a usar coches particulares para los desplazamientos, se veía volando por los aires. Todo cogía otra dimensión para una ciudad sin infraestructura ni apenas aficionados fieles ni merchandising.

30 de agosto de 2008. Era un hermoso sábado para el debutante Girona. 17.30, el inicio dramático para el Celta. 6.000 personas (toda una soledad) testimoniaron lo que todo el mundo intuía: el fútbol son estados de ánimos. En un partido tosco, un balón colgado al área y un mal despeje permitió que en el minuto 63 Jaume Durán marcase el 0 a 1, sellando la victoria en el debut de un Girona defendido por muchos debutantes en la categoría. La algarabía y el horror encerrados en el césped de Balaídos. La vida misma. Solo yo estaba exultante. Ni Javi ni los celtiñas silbaron de rabia, abrumados por lo situación deprimente de su escuadra, que de jugar ante el Werder Bremen se ahogaba por las deudas y el concurso de acreedores. Yo grite gol, lo grité fuerte para mí, emocionado pero también apocado. No sabía aún que en los estadios de categoría se podía gritar goool sin que te soltasen improperios.

Pero retrocedamos aproximadamente un mes en el tiempo para cimentar cómo se gestó este recuerdo mío memorable de celebrar gol en Balaídos. Andaba por la calle de Girona mostrando el flamante orgullo futbolístico profesional, soñando con una temporada histórica. Me acerqué a un quiosco de prensa para leer un titular parecido a este: El Girona debutará en Balaídos. El partido se disputará el último fin de semana de agosto. No leí más. Era la época en que te enterabas de las noticias leyendo a hurtadillas las informaciones de los periódicos extendidos al sol antes de que el quiosquero empezara a refunfuñar. El plan perfecto se confeccionó solo: Vigo con esos amigos que son como hermanos, presenciar el histórico regreso a 2º A como un hincha y, por supuesto, Balaídos.

Aquel primer gol inauguró un paseo por infinidad de goles cantados que definían temporadas agónicas o más placenteras, ilusionantes o tremendamente crueles hasta que los gerundenses nos emborrachamos del éxtasis absoluto de alcanzar por vez primera la máxima categoría del fútbol estatal (la algarabía del placer de la primera vez solo se reserva a las escuadras más humildes) y, por supuesto, volvimos a Balaídos como estadio de Primera.

Echar la vista atrás ayuda a ver la dimensión que ha cogido el Girona en la última década. Ayuda a enorgullecerse ante lo conseguido y afrontar con serenidad este quinto playoff de la historia que empezó a disputar el pasado miércoles contra el Almería. Después de una temporada épica, ganando siete partidos seguidos, nos clasificamos para unas fases finales que si me lo cuentan en marzo les canto que se dejen de sandeces y vayan a tomar el pelo a otro lado.

Es curioso cómo al inicio de año jugábamos como un cadáver si alma y ahora arrollamos: el inicio del choque de playoff fue eléctrico, perfecto, inimaginable. 2 a 0 en apenas cinco minutos. El equipo se divertía, demoledor, asesino, impecable martilleó con el 3 a 0. Una goleada con todas las de la ley. Sufrí y gocé como un enano. ¡Qué regalos escondidos nos guarda el fútbol! De la miseria al cielo, de la oscuridad del pozo a la gloria del cielo en instantes. Hoy sábado debe rubricarse el resultado en Almería. Sufriremos. Si ganamos, quedará un último escollo. Pero tal vez no se consiga y caeremos cruelmente como el año pasado ante el Elche. Los vaivenes del balón emulando a la vida. Si perdemos, volveremos a levantarnos e intentarlo de nuevo porque els gironins somos tozudos y persistentes. Orgullosos currantes que no olvidamos nuestra historia futbolística por las categorías territoriales suplicando migajas para pagar nóminas. Pero ahora, en el horizonte, volver a pisar Balaídos. Quiero leer las crónicas de mi equipo en VigoHoy y disfrutar de la lectura. Quizá el destino nos reserva otro desenlace espantoso, pero cada vez está más cerca mi sueño de animar un Girona de Primera desde la grada de Balaídos.