El Celta recupera el pulso en LaLiga tras imponerse 1 a 2 al Alavés con goles de Santi Mina y Iago Aspas
Vuelve el fútbol en horario pagano, a esa hora en la que la gente disfruta de un plan familiar, del bosque, de la montaña, de las tertulias al calor de la lumbre o de la inminente Navidad; de todo menos, probablemente, del fútbol, que es de los hinchas, eso dicen. Algunos, bajo la nieve, lo demuestran. Al menos en Vitoria, donde algo más de diez mil personas acuden temblorosas a ver dos rachas enfrentadas: la de los locales, que en e último mes suman casi siempre de tres en tres, y la del Celta del Chacho, que no acaba de arrancar aunque tampoco acaba de perder. Suficiente para seguir creyendo, para, hoy sí, imponerse y saltar casi hasta la mitad de la tabla.
Un trayecto fácil de explicar aunque no tanto de alcanzar. Para eso hace falta pasar frío, correr mucho y ansiar la victoria tanto al menos como para llegar a merecerla. En esas anda el Celta, que sale fuerte, tal vez condicionado por el ‘Chacho’, que durante la semana exige mejores primeras partes, más voluntad en el arranque. Tanta que, a los 11 minutos, firma Santi el primer gol. El centro de Kevin merece un buen remate que el 22 concede con suspense, con Laguardia tratando de sacar la pelota bajo palos.
A continuación, el choque entra en esa fase tan del Celta, tan del ‘Chacho’, donde el partido se descerraja a pecho abierto, sin pausa, en un ir y venir continuo, desenfrenado, en el que busca el visitante la sentencia al mismo ritmo que el Alavés, cinco jornadas sin perder, anhela encontrar la llave que cierre la puerta hacia el abismo.
Y lo hace casi sin querer, tras un centro de Edgar peinado por Rioja que Joselu anticipa en el remate. Dituro, con la estampa, pide falta, que bien podría ser, pero da igual. El VAR, por fortuna, no entra en esas cosas, salvo evidencias, para no acabar de prostituir el más primario y apasionante de los juegos.
Pese al tanto, continúa el Celta con su plan, y Mina vuelve a rozar el gol en un chut en la que la decisión en el golpeo no coincide con la templanza en la ejecución. Resultado: esférico por encima del larguero después de un buen pase de Iago.
Tras el paso por vestuarios, el Alavés intensifica la presión, más decidido en ese trance para sumar de tres en tres. El Celta aguanta bajo una estampa invernal, en un campo que busca teñirse de blanco con la nieve que no cesa. Un tramo agobiante en el que Araujo casi marca en propia puerta, y en el que Loum estrella su remate en la madera.
Y de repente, sin que la hinchada penitente lo esperase, porque el fútbol es así de maravilloso, surge una jugada de la nada. Un penalti por mano de Martin que abre una puerta a la victoria para el Celta. Lo marra Iago, mal tirado, pero hoy la fortuna viste de azul clarito, como el cielo, y el propio capitán, en el rechace, la manda al fondo de la jaula, al lugar donde habitan los sueños por llegar. Esos que dejan al Celta más cerca de Europa que del abismo. Sorprendentemente sorprende. Sencillamente, fútbol.

