Vigo, Michigan

Asumimos en esta ciudad como algo normal que la oferta deportiva de Lugo, A Coruña o Burela sea superior a la de Vigo

En 2019 los Redwings, Pistons, Lions y Tigers, los cuatro equipos de las grandes ligas de Detroit, se combinaron para un récord histórico de 226 derrotas. Las cuatro franquicias de la Motown se sumían en profundas reconstrucciones con el final del túnel lejos y el aficionado medio de la capital del estado de Michigan se mareaba en un carrusel infinito de ridículo y miserias. Siento profunda envidia por Detroit.

En Vigo tenemos al Celta, metido en guerras con la ciudad, perdiendo masa social y creando desapego con su afición, peleado con la Alcaldía, lanzando inflamas sobre las 10 batallas que quedan, batallas que no pertenecen a ninguna guerra. Tras este Celta mentiroso, el vacío.

El Academia Octavio, subcampeón de Copa del Rey y semifinalista en Europa en dos competiciones distintas, agonizó ante nuestros ojos sin que a nadie pudiera preocuparle demasiado, el ciudadano simplemente podía quedarse tan perplejo como ante un encendido de luces de Navidad, comprendiendo lo mismo o negando con el mismo desdén.

El Voley Vigo, nacido a escasos metros del ayuntamiento, acostumbrado también en ciertas épocas a la competición continental, con más de 50 años de historia a sus espaldas languidece olvidado en Coia, como el Alfageme, como el tranvía, como cualquier ocurrencia que el alcalde saque de un trastero y plante en el populoso y vibrante barrio vigués.

El baloncesto femenino, con 9 títulos nacionales a sus espaldas, recurre al nombre de otro Celta que tampoco es de Vigo. La historia del club de baloncesto femenino vigués merece un aparte, pioneras, ganadoras, sacrificios y gente que se fue demasiado pronto dejando huellas imborrables, y la soledad, el abandono habitual de la Vigo burocrática a su deporte.

Asumimos en esta ciudad como algo normal que la oferta deportiva de Lugo, A Coruña o Burela sea superior a la de Vigo, como asumimos que la cobertura en los noticieros de TVG de Guitiriz supere en minutos a la de la ciudad más poblada de Galicia, lo asumimos porque llevamos demasiado tiempo como espectadores de una guerra de egos políticos, agachando la cabeza y dejándolos hacer.

La administración pública no debe estar para pagar o dar subvenciones eternamente, la administración pública debe solucionar problemas, y el deporte en Vigo es un problema galopante, un elefante en la habitación del color de esa cubierta del estadio municipal de Balaidos, útil, funcional y bello a partes iguales, como levantar todas las calles del centro de al mismo tiempo.

Decía Guillermo Touza, referencia del Voley en Vigo, que la administración no debe estar para firmar cheques si no para levantar el teléfono, y exactamente es lo que se le pide. Si en Vigo nadie es capaz de resucitar lo que ya ha muerto o ayudar al que todavía sobrevive, la Concejalía de Deportes en su horario de 9 a 14 de lunes a viernes debería ser un call center en ebullición ofertando las posibilidades del deporte vigués. Debería ser ella la que proponga y trate de buscar proyectos olvidados e intentar reflotarlos, debería ser la administración publica la que active la inversión privada.

A estas alturas, puede uno llegar a sospechar que el habitual empeño en sujetar al teatro o al cine y no ayudar al deporte se deba quizás a que uno es fuente de votos y portavoces gracias al dinero y el otro simplemente lo necesita la sociedad, pero no las encuestas, en este abismo que se ha creado entre las soluciones que la política oferta y los agujeros que necesita tapar el ciudadano.

Soy viejo, lo suficiente como para quedarme perplejo ante el debate social en la actualidad, con la suficiente memoria para recordar cuando la clase media perdió la batalla cultural e identitaria.

Esos recuerdos me llevan a cierta relevancia de atletas entrenando en Castrelos, pistas de hockey, intentos por devolver el talento del futbito colegial al futbol sala adulto y hasta un tractor con pasado NBA en As Travesas, estériles iniciativas, cortas y abandonadas como hostelero en pandemia.

Y me revuelvo ahora y no antes porque no tengo donde llevar a mi hijo a disfrutar de deporte en vivo, porque hasta ese momento, me había importado bien poco la escena social, la batalla por lo público; ya encontraba yo en qué entretenerme sin necesidad de ayuda. Pobre imbécil, desconocía que mi ausencia de pelea significaba la derrota.

El muelle de madera de ‘As Avenidas’, ese que hace ya casi 3 años se derrumbó durante la celebración del casi fugado ‘O Marisquiño’ es una perfecta metáfora de lo que es el deporte vigués, demasiado tiempo pudriéndose entre cruces de responsabilidades que dejan la casa sin barrer, y la ciudad con escombros en su puerta al mar. Quizás como sucedió con el popular festival de deporte urbano, en el último minuto alguien lo rescate; quizás como le pasa al precioso paseo, siga avergonzándonos abandonado