Pensaba yo que Vigo era sinónimo de verano: el azul calmoso de la ría; marisco sabroso en Playa América; la carretera nacional que va persiguiendo el mar hasta Bayona; el frío del agua al sumergirse en el Atlántico; la majestuosidad salvaje de las Cíes o las puestas de sol tardías. Agosto y vacaciones, la puerta terrenal de entrada al cielo.
Pero me temo que yo pensaba mal. De un tiempo a esta parte, Vigo es Navidad: Noche, frío, luces, árboles, decoración, música, sueños, ilusión, apertura al otro, compartir con los más allegados, alegría. Diciembre, la puerta de entrada a la calidez del corazón humano.
Con una actitud constante de apertura y curiosidad, todo es experiencia: ser un personaje de pesebre y pensar cómo vivieron y sintieron el Milagro del niño Dios hace tanto; bailar al son del ritmo de la alegría; visitar la ciudad en modo guiri por tierra, o mar; percibir el vértigo de descubrir imágenes de la ciudad poderosamente bellas e imposibles, empatizar con los que sufren, o disfrutar también de iluminar el mundo, destello a destello, con nuestras acciones diarias.
Con estas innumerables experiencias que se pueden vivir en Vigo para estas fechas tan señaladas, estoy convencido de que es positivo que pensara yo erróneamente sobre la idiosincrasia de la ciudad. Vigo está cogiendo el pulso de ser encantadora todo el año, independientemente de los vaivenes del clima y las estaciones. Ojalá siga así. Mientras va sucediéndose este cambio sin pausa en el silencio, os deseo feliz Navidad.
¿Qué le pido a este 2022? Os confieso que ya me entran ganas de pisar las bucólicas calles de la ciudad en unas futuras vacaciones de diciembre experimentando cómo es la Navidad en Vigo.

