Conviene tener cuidado, porque la conciencia, a veces, se envilece o se acalla, y acaba por convertirnos en fantasmas sin voluntad, en una ‘Santa Compaña’ moderna que camina, sin saberlo, sin sentido, guiada por proclamas populistas que encandilan oído y corazón pero que, qué duda cabe, jamás darán de comer a nuestros hijos
Fue una conversación casual entre dos amigos cualquiera, al amparo del humo de un pitillo o de la espuma suave de una caña. Una charla distendida que comienza hablando del tiempo, de la familia o de la vida, para derivar en la política o el fútbol: espacios comunes en los que refugiarse, como una calita arenosa y veraniega. Y allí, al abrigo de tanta intimidad, quedó registrada una de esas frases tan sencillas como ciertas y certeras: “Lo difícil no es ser conocido, sino ser reconocido”.
La frase suponía el punto final, el lugar de no retorno, la palabra perfecta para definir, de un modo posible, la ciudad de las loas imposibles, del ‘Viva Vigo’, de los trillones de luces led en Navidad, de la autosuficiencia verbal incontenible, de los gestos estridentes, de las humanizaciones con piano de cola en el día de su estreno, de las rampas multicolores o de la lucha tribal contra un enemigo tan grande como inexistente.
Porque Vigo, hoy, es conocido en todo el mundo. O casi. Entre alcaldes y alcadesas de Nueva York, de Tokio o de Madrid. Eso nos dicen. Qué más da. Pero la gran pregunta, esa que aquella frase coronaba, es si es reconocida.
Reconocida como lo fue hace no tanto. Reconocida como en el siglo XX, con la expansión del puerto y la llegada de la automoción, que supuso el crecimiento de una urbe imparable e industrial que pasó de villa de pescadores a motor de una Galicia también en crecimiento.
En esa época no tan lejana, en ese siglo pasado cuyo calor permanece todavía a nuestra vera, Vigo pasó de poco más de 20.000 habitantes a cerca de 290.000. Un desarrollo sostenible… y reconocido.
Hoy, con casi un cuarto de siglo más a las espaldas, Vigo se mantiene anclada en ese pasado, en esa barrera hipnótica de los 300.000 habitantes, en ese naval y en aquella automoción. Aunque lo hace, eso sí, con mucha más conciencia de ciudad.
Pero conviene tener cuidado, porque la conciencia, a veces, se envilece o se acalla, y acaba por convertirnos en fantasmas sin voluntad, en una ‘Santa Compaña’ moderna que camina, sin saberlo, sin sentido, guiada por proclamas populistas que encandilan oído y corazón pero que, qué duda cabe, jamás darán de comer a nuestros hijos.
“Si pones a cien personas a bajar la Gran Vía corriendo y en pelotas, serás conocido en todo el mundo; pero no reconocido”. Esa fue la siguiente y última frase de aquella agradable conversación. A buen entendedor, pocas palabras bastan.

