Vigo, capital europea del bache

En Vigo nos hemos sentido orgullosos de compararnos con otras grandes urbes europeas en diferentes aspectos de la vida cotidiana de la ciudad; en lo que al pavimento se refiere, la única comparación que soportamos es la que nos enfrente a un queso gruyere

¿Es posible luchar contra los efectos del envejecimiento? Depende. Si nos referimos, por ejemplo, a la piel, medio centenar de empresas cosméticas responderán con un rotundo “sí”. Si por el contrario nuestra pregunta afecta al multidañado asfalto de Vigo, la contestación del Concello será un gráfico encogimiento de hombros. Porque años de I+D han permitido infinidad de productos anti edad cargados de sustancias tan variopintas como la baba de caracol o la miel de abejas. En esto de las cremitas, el colágeno es al cutis lo que el perejil a las salsas. Sin embargo, para el pavimento de la primera ciudad de Galicia las opciones se reducen notablemente. Nadie ha debido encontrar aún una sustancia que pueda cubrir los enormes socavones a los que se enfrentan cada día vehículos y peatones en nuestra urbe. Pues la hay: se llama asfalto.

Pedir que el pavimento de Vigo esté a la altura de la primera ciudad de Galicia es una obligación. Los problemas de seguridad son evidentes. ¿Acaso puede un ciclista o una motocicleta atravesar uno de estos baches sin arriesgarse a sufrir una caída? ¿Puede un coche cruzar un agujero como los ilustrados en la imagen con la certeza de que ni pinchará una rueda ni deteriorará sus amortiguadores o la parte inferior del vehículo? ¿Tenemos la certeza de que uno de estos socavones no puede generar un esguince a quien, caminando, meta un pie en uno de ellos? No, el encogimiento de hombros descrito no puede ser la contestación a la pregunta formulada. La contestación ha de ser otra: “sí, se puede luchar contra el envejecimiento del pavimento vigués”. Y se puede hacer con tres cosas: voluntad, dinero y asfalto.

El Concello tiene la obligación de darle el rango de prioritaria a la mejora del asfalto vigués. No en vano, tenemos el Impuesto de circulación más caro de toda Galicia (por ejemplo, 64,70 euros para un vehículo diésel de los que con más cotidianidad vemos en nuestras calles), y el Concello recauda cada año 15 millones de euros gracias al uso que el parque móvil vigués hace del pavimento de la ciudad. Cobrar un 13% más que Santiago debería hacernos tener un plus de calidad a disposición del tráfico rodado en nuestras calles. Ese impuesto, ni está justificado en su importe (insistimos: el más elevado de Galicia), ni en su progresión. No en vano, está subiendo por encima del IPC sin que eso esté redundando en la calidad del asfaltado en la ciudad. (En 2020 pagamos un 2,5% más que en 2019)

Lo que da el estatus de gran ciudad a un municipio no es solo su tamaño o su volumen de población, sino también la calidad de vida que ofrece a sus vecinos. Y el asfaltado es un servicio público más que debe tener la atención que merece por parte de los poderes públicos en la ciudad.

Los baches de la rúa Caramuxo, al que se enfrentan cada día los padres que llevan y recogen a sus hijos en la Escuela infantil. Los de la Avenida Europa, la que con más intensidad utilizamos para ir a las playas y que nos permiten comparar las irregularidades de los arenales por los efectos de la acción del viento y del mar, y compararlas con las del pavimento vigués, generado por la (in)acción del Concello. Los que hay en Julián Estévez, cuyo tráfico vinculado a la actividad portuaria hará pensar a los conductores si el balanceo de sus coches al cruzar esos socavones será similar a los que soportan los barcos que salen y entran del Puerto de Vigo. O los de la Avenida de Citröen, que cada día recorren miles de conductores testando así la calidad de sus amortiguadores. O los de la Avenida Clara Campoamor, que recorren aquellas personas que deben asistir al Álvaro Cunqueiro y que pueden encontrar en ese pavimento un nuevo motivo por el que tener que ir a un hospital. O los del Puente Romano de Castrelos, una vía que, careciendo de acera, obliga a los usuarios de sillas de rueda a esquivar agujeros para los que no están preparados esos vehículos que por desgracia se ven obligados a emplear para poder desplazarse.

Pontillón o la Avenida de Castrelos son otros ejemplos de vías de alta concentración de vehículos que cuentan con un pavimento deteriorado e indigno para la primera ciudad de Galicia. O A Salgueira, un barrio completamente abandonado cuyo asfaltado está a la altura del resto de infraestructuras y dotaciones públicas de la zona.

Es urgente que el Concello prepare un plan de mejora de las vías de comunicación en la ciudad. Un programa de inversiones pensado para reforzar el asfaltado de la ciudad. Porque en Vigo nos hemos sentido orgullosos de compararnos con otras grandes urbes europeas en diferentes aspectos de la vida cotidiana de la ciudad. En lo que al pavimento se refiere, la única comparación que soportamos es la que nos enfrente a un queso gruyere. Vigo es una ciudad de primera. Sus calles, no. Sus calles son un compendio de agujeros que debemos desterrar y para eso es importante contar desde ya con la implicación del Concello.

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