Más de 200 operarios -que llegarán a superar los 500 en unos meses- trabajan sin descanso moldeando el nuevo centro comercial; un espacio que aspira a transformar el centro de la ciudad convirtiéndose en un lugar de encuentro y de disfrute
El antiguo terraplén de tierra y árboles que caía, abrupto y deteriorado por el tiempo, como salto imposible entre Vía Norte y la estación de ferrocarril, alberga hoy un enorme muro de hormigón que se levanta, majestuoso, sobre la falda sur de Vialia.
Allí abajo, a 18 metros de profundidad tomando como referencia la propia calle, se encuentran los anclajes de alta presión para soportar el muro de 140 toneladas. Uno de esos milagros constructivos que el próximo verano, cuando el centro comercial abra sus puertas, nadie verá. Más de un centenar de anclajes de acero tensionado, que arrancan con una ligera inclinación, recorriendo 30 metros de viaje hacia el centro de la tierra, donde un hormigón antes líquido ha solidificado creando otro centenar de puños que sujetan, firmes, los tensores.
Es la primera sorpresa de esa gran llanura gris que, poco a poco, se va integrando en el espacio. Por arriba, por Vía Norte, mostrando ya la futura ruta de paso y de parada para ese trajín de coches recogiendo o llevando viajeros y vecinos, de entrada y salida en la ciudad. Por abajo, con la AP-9 a sus pies, dejando entrever la ubicación de dos futuros túneles que conducirán, directos, al corazón de Vialia. Uno, bajando desde Lepanto; el otro, subiendo desde la autopista.
En poco más de seis meses todo lucirá de otra manera. Alrededor de 35.000 metros cuadrados, cerca de 5 campos de fútbol, que abrirán sus puertas para hacer de Vigo un lugar distinto y, probablemente, mejor. “Todo lo que hacemos en Ceetrus intentamos desarrollarlo pensando en mejorar la vida de los ciudadanos”, razona Antonio Morales, responsable de proyectos de la empresa que está impulsando las obras del nuevo complejo comercial.
Para ello, esa gran plaza de cemento, en la que ya luce una visera metálica cuyo lateral cuelga más de 20 metros en el aire sin pilares, irá incorporando distintos elementos pensados para el ocio y el disfrute familiar: un mini campo de fútbol; una pista de skate; una grada que se asentará sobre lo que ahora es el vacío, dejando abajo la ciudad, descolgada, y al frente la Ría, el Puerto con sus grúas, las Torres de García Barbón que se elevan hasta equipararse, a la vista, con el mar. Un trasatlántico en pleno corazón de la ciudad.
El descenso hacia el interior ofrece un espacio abierto y luminoso, agrandado más, si cabe, por los seis grandes lucernarios que quedan atrás, sobre la plaza. Una visión monumental. Tanto, al menos, como los más de 7 millones de kilos de hierro que forjan el interior de todo ese hormigón que se expande por aquí y por allá, en pleno crecimiento y desarrollo. Una mole grisácea que moldean alrededor de 200 operarios, que serán más de 500 en la última fase, cuando haya que acondicionar todos los locales.
El conjunto se ordena a través de cinco plantas y una entreplanta. Allá abajo se observa la estación provisional, flanqueada ya por enormes escaleras mecánicas -43 metros de punta a punta- que cuelgan en el aire. “Vienen en tres piezas que ensamblamos ya aquí. Para meterlas tuvimos que descolgarlas con grúas desde la fachada de la autopista”, relata Morales.
Otra ingente labor de ingeniería. Como los propios pilares que sostienen el centro del complejo. Casi 5 metros de hierro inclinados en dos sentidos, de frente y hacia un lado, muriendo en ángulos distintos, con toda la dificultad que ello conlleva. “Aquí no hay ángulos de 45º y de 90º, que es lo que todos deseamos. El proyecto de Thom Mayne ofrecía estos retos y, por supuesto, se han respetado”, comenta Francisco José Fernández, responsable de la empresa San José en el desarrollo de la obra.
Desde ese centro neurálgico arrancan los pasillos, aunque quizás este nombre no haga justicia a la verdadera dimensión de las calles interiores. Quince metros de lado a lado sin pilares. Éstos se ocultan un metro más atrás de la línea de entrada de cada una de las tiendas, de modo que el frente de los locales quedará limpio, ofreciendo al visitante una enorme cristalera de casi 5 metros de alto.
Y al fondo, una planta más abajo, la otra entrada. “No sabría decir cuál es la principal, porque Vialia es un concepto abierto”, detalla Morales. En cualquier caso, la entrada de la antigua plaza de la estación; esa que en las maquetas y las fotos aparece coronada por un conjunto de letras enormes y blancas: VIALIA VIGO. Cada una de ellas mide seis metros de altura, pesa alrededor de 500 kilogramos y estará revestida por una lona blanca. “No hay materiales que cubran si no toda su dimensión”, aclara Antonio. Por debajo quedan aún otras dos plantas de aparcamiento que ofrecerán 1.200 plazas, a las que se suman otras 250 habilitadas en el exterior. Es la última parte de ese gran esqueleto de hormigón que poco a poco va tomando forma, transformando el centro y la ciudad. Un lugar de encuentro que, pese al Covid, abrirá sus puertas el próximo verano. Tal vez entonces la pandemia empiece a ser un recuerdo cargado de pereza. Todo lo contrario que Vialia, que es el futuro de Vigo henchido de energía.








