Una reflexión cualquiera

«Antes de pensar en qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, convendría tener claro qué hijos aspiramos a dejarle a nuestro mundo. Aunque para eso, claro está, primero hay que querer o poder tenerlos»

Me contó el trazo grueso de su vida en el breve suspiro de la cinta de una caja, en el paréntesis que conceden tres bolsas de galletas. “Son para los niños”, le dije, “hay que alimentar cuatro bocas”.

ZFV

Cara de sorpresa. “Yo tengo una perra y ya me agobia, imagínate”, fue su sincera respuesta, a la que no dudó en añadir el porqué de su negación inicial a la maternidad: “De pequeña, en un museo, vi una exposición en la que había una foto de una mujer dando a luz. Me marcó y desde entonces nunca quise ser madre, aunque empiezo a dudar, porque estoy ya en esa época de ‘ahora o nunca’”.

“Bueno, normal. También te digo que es lo único que merece la pena”, fue, del mismo modo, mi igual de sincero comentario. “Pues ya está, ya te he resumido mi vida en un momento”, se despidió ella, correspondida con una sonrisa y “un placer”.

De camino a casa, conduciendo por un Vigo oscuro, tranquilo y casi silencioso, me dio por meditar. Entre giro y giro de volante pensaba en ese cambio de modelo, en ese retardo de la paternidad, hasta el punto de llegar a eliminarla, en esa sociedad cambiante en la que los recién nacidos inscritos en nuestra ciudad rondan los 1.500 cada año, frente a los 2.800 fallecidos. Una cifra que sólo compensamos, para alcanzar un empate lastimero, con la inmigración.

Y pensé, también, en ese mundo que le estamos dejando a nuestros hijos. Ni mejor ni peor que el que vivieron nuestros padres o nuestros abuelos; diferente. Un mundo en el que tenemos más medios que nunca y trabajamos más que nunca; un mundo en el que curramos de sol a sol para llegar a fin de mes; un mundo en el que resulta difícil, o imposible, conciliar; un mundo en el que la inmensa mayoría de nuestros jóvenes gana dos pesetas y media y aspira a subsistir.

Pero un mundo, también, en el que en medio de toda esta vorágine vamos dejando caer cosas más importantes: valores, familia, discernimiento, comprensión, alegría, entrega, servicio… Conciencia.

Por eso, antes de pensar en qué mundo le vamos a dejar a nuestros hijos, convendría tener claro qué hijos aspiramos a dejarle a nuestro mundo. Aunque para eso, claro está, primero hay que querer o poder tenerlos.