Una mañana en la parroquia

Foto: www.coruxofc.com

En los despachos se queman las últimas cartas. Los móviles sacan humo. El ahora o nunca. Se negocia: si juega tantos partidos, prima. Tanto por gol. Opción de compra obligatoria si ascendemos. Sí, sí… lo que sea… ¿Trato cerrado, entonces? ¡Hecho! En cuestión de segundos, la confirmación en twitter: una feliz foto de perfil del fichaje, un bienvenido o sinónimos. En milésimas, likes y retweets de aficionados ansiosos por agarrarse a la ilusión de cumplir los objetivos de lo que podría ser (y seguramente no será, no nos engañemos). La conclusión, un torpedo de fichajes ilógicos en las últimas horas de mercado, rozando la medianoche.

Alguien se inventó el futbol justo: tanto ingresas, tanto puedes gastarte. Como idea para cerrar el grifo de la sangría provocada por presidentes fanfarrones sin escrúpulos que dilapidaban el patrimonio del club, parecía un sistema justo, evidentemente. Pero claro, el fiasco de la solución se ha ido evidenciando con los años. Ahora los equipos andan ahogados, esclavizados por una masa salarial que no les permite fichar, más allá de cesiones con compras obligatorias a final de temporada (con el mundo en chancletas y bañador tal vez será más fácil cuadrar las cuentas). Mientras el objetivo de los clubes es liberar desesperadamente masa salarial para subsistir, los jugadores se convierten en los salvavidas de los clubes.

El fenómeno tiene sus mutaciones. No recordaba yo un mercado de fichajes con tantas cesiones cortadas en seco para mandar tu propiedad a la otra punta de la península en pleno invierno. Por ejemplo, un jugador del Girona cedido al Villarreal B, coge las maletas y se planta en Vigo para reforzar al filial vigués. U otras situaciones más tristes, como el jugador con más temporadas en el club lo empaquetan hacia otro estadio a eso de las 23.30 de la noche. Su salario es exagerado y necesitamos soltar lastre. Así se justifican los equipos ante los periodistas atónitos. No hace mucho, sabías cuando los estandartes de la institución disputaban el último partido. Y te preparabas para ello. Y la grada también. Se levantaba y homenajeaban al ídolo con unos aplausos eternos, agradecidos. Y cada último balón que acariciaba se grababa en la memoria del club. Para siempre.

Ahora, la realidad es más prosaica: un tweet de agradecimiento, mucha suerte y un hasta luego. Ya saben, las balanzas mandan. Pero los equipos, después de la auditoría salarial, pierden su esencia: ese aliento que nos mantiene vivo. Sin embargo, a veces, ante este sombrío paisaje que trazan tecnócratas del balón, brilla un destello de pasión que se ríe del inhumano límite salarial impuesto en el mundo futbolístico.

En un estadio cerca de la playa, una mañana de febrero una parroquia se zampa a un equipo que no ha mucho tiempo viajaba por Europa. El Campo Do Vao se encuentra como de casualidad en la carretera de Canido. Es un campo de los de antes: las cámaras televisivas las pasan canutas para grabar un plano aéreo general. Detrás de la portería, la pared colosal del edificio anima con su amalgama de anuncios de barrio. El Deportivo, humillado después de caer en su palacio contra el Celta B, se plantó en Coruxo. Ese partido que tal vez se jugaría en pretemporada ahora daba tres puntos, que olían a favorito visitante, pero en estos campos míticos de césped irregular pasó lo que tenía que no pasar. Todo el mundo sabía las armas del Coruxo para hacer daño, menos el Depor, que tal vez pensaba que ganaría solo con el escudo. Descolocada ante semejante escenario, ya en el minuto uno la defensa coruñesa regaló ingenuamente una ocasión clamorosa. En el rechace, el mismo zaguero casi proporcionó un gol en propia típico de patio de colegio. Y como el Coruxo seguía desacomplejado a lo suyo, se intuía que aquello sería otra página negra en la historia reciente del club: un córner que se envenena, el portero de Riazor no sabe ni dónde está y la deja muerta al área pequeña. Anda por allí el atacante verde, que olió la sangre. Gol. Recuperándose aún de la vergüenza aún en la primera parte, una falta al bulto innecesaria, y penalti de juvenil. Gol. Solo así podía marcar el Coruxo. Todo el mundo lo sabía, menos el Depor. 2 a 0 al descanso. Cuatro cambios para arreglar el bochorno, pero en vano. El partido fue muriendo. Solo entonces, en el último cuarto de hora, los deportivistas se percataron de que ni el rival era el Oporto ni de que ante semejante drama la crisis de la entidad amainaría. A la desesperada, quisieron sacar su poderío en el asedio final, pero se olvidaron que, en Segunda B, los goles no entran por la escuadra, si no que, normalmente, en los emblemáticos estadios humildes de la categoría los balones visitantes suelen toparse con la madera.