Un punto y un canto a la esperanza

Emre Mor pelea por un balón dividido. Foto: LaLiga

El Celta inicia la temporada con un empate a cero en Ipurua en un choque donde los de Óscar García lograron igualar la intensidad del Eibar, en gran parte gracias a la aportación de Renato Tapia

Emre Mor se convierte en la mejor de las noticias tras vaciarse físicamente y realizar las mejores jugadas ofensivas de los celestes

El fútbol resulta simplemente maravilloso porque es un juego indescifrable. Tan extraño, muchas veces, al más común de los sentidos, que acaba dejando al hincha perplejo, preguntándose qué ha podido pasar en este tiempo. Un puñado de semanas devoradas por la pandemia y el verano que nos han conducido de una liga a la siguiente en el breve pasaje de un suspiro. Margen suficiente, paradojas del destino, para traer de vuelta e Emre Mor, aquel futbolista díscolo, fichado a precio de estrella, que malgastó su crédito entre pifias y coches casi horteras, que fue condenado al exilio de la indiferencia, y que parece haber retornado para reivindicarse cuando nadie esperaba ese alegato.

El mediapunta turco fue un grito a la esperanza en medio de un partido previsible: el típico duelo de Ipurua, ese campo con las bandas tan cerca de la grada que casi se confunden a la vista, donde el equipo de Mendilibar lleva años apretando y ahogando a sus rivales con un fútbol tan sencillo que resulta muy hermoso. Robo, apertura a banda y centro a la espera de alguna cabeza intempestiva.

Con ese manual tan ‘ochentero’ puso en aprietos al Celta durante los primeros minutos; también gracias a algún antiguo vicio que el verano no ha logrado desterrar. Maldita manía de intentar salir siempre jugado. El fallo de Araujo no tuvo mayores consecuencias, y el Celta replicó con otra de Nolito mientras que la partida de ajedrez iba amontonando piezas en el centro, entre balones a seguir de unos y de otros, tan empeñados en achicar problemas en sus áreas, que acabaron achicando cualquier tipo de espectáculo.

Y en esa batalla de intensidad y de coraje, en la que el Eibar suele cazar a sus rivales, emergió otro nombre propio celeste: el de Renato Tapia. Un mediocentro convencional, chapado a la antigua, de los que anteponen el equipo al lucimiento, siempre bien posicionado, siempre dispuesto a la pelea. Uno de esos chicos con los que se puede contar para cargar el piano, porque para tocarlo ya hay demasiados.

El despliegue y la refriega del peruano se contagió al resto del equipo. Y así, poco a poco, el Celta fue equilibrando el duelo hasta inclinarlo ligeramente a su favor. Eso sucedió ya a la vuelta de vestuarios, donde un zapatazo de Bigas, que bien pudo ser el gol del año, precedió a los mejores minutos de los celestes, culminados por una jugada maradoniana -o ‘messiánica si prefieren, qué más da- de Emre Mor, que tras deshacerse de tres rivales en un callejón sin salida y esquinado, terminó soltando un zapatazo que desvió Dimitrovic como pudo.

De ahí al final lo siguió intentando el Celta, sobre todo a través del trío Mor-Nolito-Aspas, aunque siempre guardando la ropa. Porque a fin de cuentas, sumar un punto en el debut fuera de casa, tras haber mirado a la cara al mismísimo diablo hace apenas mes y medio, suena a premio suficiente. Más, si cabe, con la plantilla a medio hacer. Cosas del fútbol en los tiempos del Covid. Por ahora, agárrense a Tapia y a Mor. Tal vez exista la esperanza.