Un punto de rutina

Iago celebra el tanto del Celta. Foto: LaLiga

Valladolid y Celta empatan 1-1 en un duelo marcado por la táctica y la presión de los dos equipos

Iago adelantó a los celestes en otra de sus genialidades y Guardiola puso las tablas en un penalti cuando menos riguroso

Caminaba la tarde tonta por el José Zorrilla, en un duelo aletargado por el sol cálido de comienzos de otoño y por la presión asfixiante de ambos equipos. Un partido de bostezos de domingo que durante 45 minutos apenas había sumado un par de sustos. Importantes, sí, pero sólo sustos.

Entonces, un balón largo filtrado por Denis cayó a la espalda de la defensa del Valladolid y Iago sacó al mundo de su siesta. Una carrera hacia Roberto, un leve empujón de esos que pueden ser penalti sin ni tan siquiera parecerlo, un amago de caerse, un callejón sin salida, achicado ya por el portero vallisoletano; y de repente un chispazo, un regate imposible y un leve toque con la derecha para alojar el balón en el fondo de la red. Entró renqueante, con suspense, como había sido la embestida, y con media liga preguntándose cómo había sucedido. Pero entró

Una de esas jugadas de patio de colegio que amortizan cualquier duelo. También este. Afilado por la pizarra de Sergio y de Óscar, marcado por la presión a todo trapo, guiado por la táctica que adormece a la pasión. Buscar una oportunidad era como encontrar una aguja en un pajar. Y, por supuesto, Iago la encontró.

De un balón largo hacia ninguna parte sacó un pase prolongado al primer toque, de espaldas, anticipando al central. Un gesto maravilloso que dejó a Denis solo ante el portero, con todas las ventajas y un solo inconveniente: el miedo a fallar. Venció este último y la pelota acabó en el quinto anfiteatro, o en el tercero o en el sexto, qué más da, en el último de los que se cuenten en Zorilla.

Poco después replicó el Valladolid en una jugada en la que Aidoo, raro en el rey del despeje, careció de contundencia. Guardiola se quedó sólo ante Villar, que sigue haciendo méritos y respondió rápido y ágil.

Ambas jugadas sucedieron en 120 segundos, los que van del minuto 14 al 16. Antes y después, piernas y pizarra, gradas vacías y sol de otoño, gritos que retumban entre órdenes. Un vacío enorme hasta el 45; hasta Iago que todo lo ilumina.

A la vuelta de vestuarios se replegó el Celta, ordenándose en un 4-4-2 que descolgaba arriba a Mor y a Iago. Pero para correr hay que tener algo la pelota, o al menos robarla cerca de campo contrario. Ninguna de las dos premisas se daban, y pese a todo el Celta no sufría en demasía. Ordenado y seguro a través de Tapia y de Murillo, que pueden fallar y fallan, pero ordenan siempre y rascan casi siempre.

Hasta que en el minuto 66 Sánchez Martínez buscó su momento de gloria. Penalti de Hugo Mallo de esos que hasta la física no entiende. Porque si el capitán celeste hubiese golpeado al delantero y no al balón en su despeje lateral, la pelota jamás hubiese salido limpia y recta hacia la banda. Pero para eso hay que haber jugado al fútbol, aunque sea en el patio del colegio…

No perdonó el regalo Guardiola y puso un empate que ya no se deshizo hasta el final. El Celta se fue diluyendo, apagándose casi por completo. Hasta que Iago encendió la bombilla en una última contra que cortaron con un leve agarrón que el trencilla decidió también fumarse por completo. Qué más da. Probablemente nada hubiese cambiado. Lo cierto es que van tres jornadas y cinco puntos. Hay vasos medio llenos y otros medio vacíos. Pero por ahora es mejor verlo medio lleno. Para ello siempre nos quedará Iago.