Un punto de intensidad

Aarón y Lekue disputan la pelota. Foto: LaLiga

Celta y Athletic empatan sin goles en un duelo marcado por la posesión y la presión celeste y el peligro en las contras de los vascos

Decía Eduardo Galeano que el «gol es el orgasmo del fútbol», la consumación que da sentido al plan, el único objetivo cuando el árbitro levanta la mano y sopla el silbato por primera vez. Bajo este prisma, cualquier cero a cero resulta, en el fondo, un empate a nada, dos bostezos, un paréntesis de tiempo sin consumar entre el inicio y el final, entre la esperanza y la apatía. Y, sin embargo, en este cero a cero, en el de hoy, en el reparto de puntos entre Celta y Athletic, hubo, pese a todo, algo de vida.

Fue algo así como una división de intensidad entre dos prismas, dos guantes de boxeo golpeando y buscando el mentón del adversario, cada uno a su manera. El Celta desde la presión alta y la combinación; el partido más reconocible de los del Chacho en mucho tiempo. El Athletic buscando una rendija en cada contra, un lugar por el que colarse ante Villar silenciado el ya de por sí silenciado Balaídos, en el que las voces de alerta retumban entre las gradas vacías en cada segundo mal pensado.

En ese pulso frenético de estilos transcurrió rápido el duelo. El tercer choque seguido de los celestes bajo la soledad eterna de las dos de la tarde, esa hora en la que la gente de bien come y disfruta del domingo, aun en pandemia, y el Celta, penitente, juega a la pelota. Cosas de Tebas y de los millones del reparto televisivo, único consuelo en los tiempos del Covid.

La tuvo el Celta en dos combinaciones de mérito en el primer cuarto de hora. A la primera no llegó Mina por muy poco; a la segunda, lo hizo de cabeza algo forzado. Entre medias, respondió el Athletic a su estilo, en una contra que dejó a Berenguer solo, en el área pequeña, sin más misión en la vida que empujarla. Por fortuna, el balón le llovió adelantado y no alcanzó a golpear limpia la pelota.

Pese al susto, no desistió el Celta en su programa; un plan que, semanas después, volvía a pasar sin ningún tipo de pudor por la presión alta, por rodear de elásticas celestes cualquier salida de balón de los de Marcelino. Cada vez que Unai López o Dani García recibían de espaldas, una colmena celeste circundaba la salida, en algo así como un paracaidista cayendo suavemente en mitad del Vietnam: de la calma fingida al ruido incesante de las balas.

Así se alcanzó el vestuario, y así transcurrió el segundo tiempo, donde Aspas se descolgaba más y más buscando hilvanar un hilo de esperanza. No lo encontró, tampoco el Athletic en ninguna de sus contras. La más peligrosa fue un centro tenso y mordido de Berenguer que acabó rechazando Iván Villar. Al final, reparto de puntos que deja a los púgiles tranquilos, en mitad de la tabla y con 34 puntos. A los de Marcelino, con batallas más atractivas por delante, como esa ‘bilbainada’ de jugar dos finales de Copa en siete días. Y a los del Chacho, con la salvación al alcance de la mano aún sin concluir el mes de marzo. Un milagro en las últimas campañas. El infierno puede esperar.