El Celta logra empatar a uno contra el Valladolid gracias a un gol de cabeza de Murillo en el último minuto del descuento
Hay tardes, y cada vez más en este fútbol moderno, en las que el tedio se adueña de la escena como protagonista principal de un relato inacabable e insufrible. Mediodías soleados de domingo en los que la gente de bien toma el sol en mitad de una pandemia, come con sus ‘convivientes’ de rigor o acepta el reto de una siesta ligera y evasiva. Todo eso y algo más es a lo que invita la existencia a las dos de la tarde de un domingo, no a jugar al fútbol. Pero LaLiga y su negocio es lo que tiene, ofreciendo al final un choque soporífero en el que Murillo rescató un punto en el último minuto del descuento.
Antes, poco o nada había pasado. Bueno, o tal vez sí: 34 faltas, 17 por cada equipo, una cada menos de tres minutos, que resumen lo que fue un partido que nadie recordará en unos meses; que la inmediatez del progreso, por fortuna, borrará de la memoria.
El primer tiempo transcurrió entre plato y plato, camino del postre y los cafés, sin apenas tiempo ni ganas para hilvanar una jugada. Todo lo que se recuerda es una buena mano de Rubén a Weissman al cuarto de hora de partido tras una contra medianamente bien conducida por el Valladolid.
En el segundo tiempo, más de lo mismo. Una faltita aquí, y otra allá, sin nadie que agarrase el partido por la solapa. Decía el ‘Loco’ Bielsa hace unos días que «las reglas se pueden usar para que el juego sea fluido, que es el objetivo con el que se crearon; pero también se pueden usar, dentro de lo permitido, para que el juego sea menos lindo; y esto también es legítimo«.
Pues en esta apabullante legitimidad, Celta y Valladolid compitieron por igual. Hasta que apareció Iago en el 60 para levantar a la gente del sofá. Su tiro libro en la frontal acabó estrellado en la cruceta ante la mirada suplicante de Roberto. Poco después, con Holsgrove ya en el campo por Denis, el Valladolid tiró otra contra rematada, como en el primer tiempo, por Weissman, y respondida de nuevo por Rubén. El rechace, sin embargo, lo cazó Orellana para empujar la pelota hasta la red.
De ahí hasta el final, un vacío terrorífico, acrecentado por un Valladolid que, tirando de la mencionada legitimidad, durmió el partido hasta el sopor. Sin embargo, aún quedaba un último relincho, una esperanza postrera, una falta a 30 metros que Iago colgó al corazón del área en el 94′. Y allí, como un gigante, se elevó Murillo para cabecear el uno a uno. El éxtasis en mitad de la nada. Un punto que deja al Celta décimo, con ocho de ventaja sobre los de Sergio González. Tranquilidad para unos, sufrimiento para otros, pesadez infinita para todos.

