Un muerto viviente

Once celeste. Foto: RCCelta

El Celta revive al Getafe en el Coliseum en un pésimo partido que entrega con un gol de penalti en el minuto tres y en el que acaba con diez por expulsión de Aidoo

“Tenemos que ganar por lo civil o lo criminal”. Lo vaticina Soria, portero azulón, después de la última derrota, la primera de una nueva época que conduce al Getafe hacia el pasado, hacia el manual de estilo de José Bordalás, hacia la presión, la intensidad al límite y fuera de él, el pie que te golpea cuando ya no está la pelota de por medio, la supervivencia de la especie, una amarilla aquí y otra allá, porque a fin de cuentas hasta once podemos soportarlas sin quedarnos con uno menos. Y luego vendrán los del banquillo. Faltas o faltitas, como los penaltis, que para Mallo también pueden ser penaltitos.

Con uno de esos, penalti en cualquier caso, cobran ventajas los locales a los tres minutos. Porque apenas el balón echa a rodar en el Coliseum se observa la caraja general de los celestes. Esa que atraviesa ya siete jornadas en las que sólo han ganado al Elche, colista y descendido, con gol de Aidoo en el último suspiro. De la tranquilidad, de los estúpidos sueños europeos, de la posibilidad de celebrar el centenario sin agobios y perdiendo el tiempo en la tontería de qué canción nos representa, al agobio, a la cercanía de la parca, al sudor frío que hace que no quieras saber nada.

Porque el hincha sufre, inconsciente, tratando de cerrar los ojos ante la evidencia de una película de terror que ya ha vivido. No hace tanto, no hace mucho. Óscar García Junyent al aparato. Salvación milagrera de último minuto. Inmerecida. ¿Llegaremos a eso? Hay margen todavía, pero lo visto en el césped del Coliseum no invita al optimismo.

Un equipo sin ideas, pase. Un equipo que arranca aletargado ante un rival que apenas 72 horas antes ya advierte de su intención de sumar aunque el mismísimo diablo no lo quiera… inadmisible. Pero así es este Celta de las últimas semanas. Un muerto viviente. Nada que ver con aquella idea luminosa de los inicios de Carlos Carvalhal, impregnada de vertical colectividad, de febril deseo de la infancia por alcanzar el área contraria entre relámpagos.

Ahora todo se diluye a la misma velocidad con la que creció, retrotrayendo a la sufriente hinchada a otro momento, más reciente todavía. El de Coudet, el del chachismo fulgurante que arranca con seis victorias del tirón antes de diluirse, no tan rápido. ¿Será cosa del alma del equipo, de los futbolistas, del sentir de un vestuario pusilánime?

Por lo apreciado sobre el césped en la noche madrileña, podría ser. Porque el Getafe, con apenas un hálito de vida, se agarra a la supervivencia, cobra la ventaja y no la suelta. Generoso en el error, marrando un gol detrás de otro hasta el final. Munir, Unal, Mata, todos parecen empeñados en querer otorgar una segunda oportunidad al muerto viviente que es el Celta, que mediada la segunda parte juega ya con uno menos por expulsión de Aidoo.

Han mordido el anzuelo los muchachos de Carvalhal, que se queja de salida de la inexplicable pérdida de tiempo no cobrada. Seis minutos de descuento se quedan cortos ante el manual de Bordalás, tan legítimo como cualquier otro, por cierto. Debería preocuparse Carlos de qué hacen los suyos en esos seis minutos. Apenas nada, como en el resto del encuentro.

Aspas es una sombra que camina entre más sombras, Veiga se ha ido por la misma puerta grande que le trajo hacia el futuro, Galán corre con las fuerzas agotadas, Cervi y De la Torre se igualan en efervescente actividad sin trascendencia en banda izquierda, y en la otra Kevin Vázquez deja su sitio a un tocado Carles Pérez a los 25 minutos. Porque hasta en eso es cobarde el Celta de hoy, lejos de la euforia de marzo, capaz de duplicar el lateral para parar las acometidas de no sé sabe quién.

Y aún con todo por ahí llega el penalti, o penaltito para dejar contento al capitán, que lo cambia todo al puñado de segundos. El resto es noche negra de mayo al filo de la madrugada. Horarios de Tebas en horrible liturgia celeste, empeñada en ofrecer a los dioses el mejor sacrificio posible, el de uno mismo. La próxima visita del Valencia harás justicia. Y que Dios nos coja confesados si caemos. Otro año más.