Un centenario cargado de morriña

Benítez dirigiendo un entrenamiento. Foto: RC Celta

El Celta firma su segundo peor arranque de la historia antes de encarar el mes de noviembre, en el que han caído cuatro entrenadores en los últimos cinco años

La morriña es ese estado del cuerpo meláncolico y depresivo, causado por la nostalgia de algo, normalmente de la tierra. Por eso la morriña es gallega y la saudade portuguesa. En México… quién sabe cómo le llamarán en México a nuestra morriña. Allí, tal vez llevados por el calor excitante, puede que les guste más la euforia, que es lo contrario a la morriña. Sea cual sea la realidad, lo cierto es que este Celta centenario ha transitado en apenas dos meses ese trecho que salta la distancia entre la euforia y la morriña, entre el verano -otro más- cargado de promesas y aderezado con un poco de ‘Puchito’ y de Benitez, y el otoño en el se transita por La Liga con Beltrán y De la Torre en el pivote.

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Sencillamente inigualable lo de este Celta voraz y paquidérmico, lento en la toma de decisiones importantes, que sigue sin presidente, o puede que lo tenga en el exilio, como Puigdemont. Aunque éste por lo menos mueve la boca con frecuencia, que no es lo mismo que hablar, porque cuando uno habla aspira a comunicarse, y eso implica un rececptor que comprenda tu mensaje.

Pero esa es otro historia y otra guerra que dura más de cien años. La nuestra, la del Celta, solo eso. Un centenario. Cien añazos de tristeza y de melancolía, de morriña y de desesperación por lo que pudo haber sido y no fue, como tan bien (o tan mal) nos recordaba con un esperpéntico ‘guiño Atlético’ el comunnity del Celta hace unos días, esa persona a la que tanto le gusta el fútbol horizontal y recurrente de Francisco. Beltrán, claro, no el Papa. Éste por lo menos sí que habla.

Y así, entre post ingenioso y storie demencial, navega el Celta de Benítez, ya metido de lleno en la tristeza del otoño, cuando las nubes se arrullan de modo infinito sobre nuestras cabezas y las hojas terminan terminan por caer, volando perezosas al encuentro con el suelo. Se desploman con suavidad, con la misma calma con la que se despeñan los entrenadores celestes en este trimestre lánguido de lluvias.

No sé si caerá Benítez, el hombre que sigue esperando un medio centro, o un lateral izquierdo u otro diestro, o un goleador o incluso un portero de verdad. Son tantas las carencias, que multiplican la morriña, encogiendo el alma entre unos dedos que aprietan con desgarro, sintiendo como se escurre el espíritu como la sangre atravesaba los dedos de los sacerdotes incas hace ya demasiados siglos para que la memoria quiera recordar.

Lo que sí recuerda la memoria, porque es difícil ignorarlo, es que en noviembre caen las hojas, cae la lluvia, y caen los entrenadores del Celta. Así ha sido en el 18, en el 19, en el 20 y en el 22. ¿Sucederá lo mismo en el 23? Vaya usted a saber. Lo único cierto es que esa tedencia alucinante nos arroja de bruces a la realidad, a una horrible planificación, a una ausencia de gestión, a un club desmantelado y dirigido, en lo deportivo, desde París, desde Quatar o desde donde demonios esté ese asesor externo que ya sólo con eso, con su cargo (asesor externo) apesta a falta de dedicación exclusiva y necesaria.

Y lo único cierto, también, es que el Celta acaba de firmar su segundo peor arranque de la historia, sólo empeorado por el registrado en la temporada 1943-44. Entonces teníamos 20 años y aquello pudo ser un pecado de juventud. Hoy, en plena madurez de nuestra vida, la falta es de incompetencia. Una victoria, tres empates y seis derrotas para celebrar el centenario. Que suene, que siga sonanndo con más fuerza, la oliveira dos cen anos para que así por lo menos no escuchemos esa caída hacia ninguna parte, ese hundimiento miserable que se masca desde hace años, ese andar mediocre que bien puede resumir una concatenación de sílabas: Augusto, Krohn, Rafinha, Tucu, Radoja, Wass, Lobotka, Brais, Denis, Veiga, Beltrán, De la Torre.

Para todo lo demás, ya saben: «Oliveira dos cen anos, cría raíces de prata, tomar amores non custa, olvidalos sí que mata. Eu non os quero esquecer. Na ledicia son celeste, celtista no padecer».