Un Celta sin defensa

Larsen pugna por un balón. Foto: RC Celta

Los del Chacho caen goleados en Valladolid (4-1) ante un equipo que había marcado seis goles en 9 jornadas, y que desnuda la zaga celeste sin apenas proponérselo  

Llueve en Pucela un miércoles cualquiera de octubre a las siete de la tarde. Una lluvia fina y silenciosa que, con los minutos, se transforma en torrente atronador, atormentado por la hora de un duelo de una liga de entreguerras, que camina, frenética, hacia Qatar. En un mes el balón estará rondando en el Oriente, en horarios semejantes e insufribles, por lo que hay que apurar el calendario y exprimir las jornadas y las piernas.

Para ello, para dotar de mayor entereza al medio campo, entra Renato, acompañando a Beltrán en el pivote. Deja el Chacho la banda derecha para Óscar, y la izquierda para Cervi. Arriba, Iago y Larsen. Abajo, Mingueza por Unai. Un bloque ya consolidado. Y pese a todo, una verbena al descubierto. La lluvia acaba siendo de goles pucelanos, ante la atónita mirada de propios y extraños, que descubre un equipo sin defensa.

Todo empieza a la media hora. El Valladolid saca una falta raseando la pelota hacia la frontal, donde Roque Mesa espera el esférico sorprendido por su propia soledad, brazos en jarra que teatralizan un falso desempeño en la jugada. El golpeo, de interior, coge una rosca inocente y resbaladiza por el agua, que se convierte en veneno cuando Hugo Mallo salta y se gira, queriendo taponar medio de espaldas. El balón se orienta hacia la escuadra, imposible ya para Marchesín. Primer gol y a remar en la tormenta.

Se rompen las estadísticas en Pucela, esas que dicen que el Valladolid necesita 19 tiros para hacer un gol. Hoy no, hoy basta con uno ante la caraja defensiva.

Y pese a todo, se recompone el Celta, que lo intenta con un pase filtrado de Aspas a Galán, que gana la espalda del defensa antes de que éste se tire al suelo para cortar algo imposible. Los brazos extendidos de Pizarro Gómez consideran que Lucas Rosa ha tocado la pelota, ignorando que en su empeño se lleva al celeste por delante. El VAR, al haber contacto, no entra, ya se sabe.

No desisten ni Iago, en su creación, ni el equipo en su empeño. Y así, en el 42, llega el gol del empate en una contra de esas que deben enseñarse en las escuelas. La toca Iago para Cervi, que corre la banda antes de ponerla para Larsen. Y ahí se para el tiempo, alcanzando la excelencia la jugada. El noruego controla, amaga, rompe al central y ya encara a Masip, todo en un segundo de poesía desde su atalaya de dos metros. En el mano a mano, generoso pese a todo, concede a Óscar el gol a puerta vacía.     

Una defensa al descubierto

Arranca el segundo tiempo como termina la primera parte, con Larsen dejando un gesto técnico preciso, bajando un balón largo casi imposible que lo plantaba solo ante Masip. El balón, caprichoso, toca la rodilla en su descenso e imposibilita un remate limpio del noruego.

Ahora ya manda el Celta en el partido, y lo hace con una presión alta, dominante, decisiva. No sale el Valladolid y las ocasiones se suceden. Primero un tiro alto de Beltrán en el minuto 50. Otra de Aspas en el 52. La tiene Cervi de derechas en el 53. Y otra vez Larsen en el 54. Se escuchan pitos en Zorrilla y mete Pacheta a Oscar Plano y Sergio León.

No hacía falta tanto para volver a adelantarse, para descubrir todas las miserias. Basta otra torrija defensiva de los del Chacho. Un córner, un simple córner después de un cuarto de hora abrumador, sirve para recordar la importancia de las áreas. Lo saca Aguado, lo remata Joaquín Fernández aterradoramente solo. Nada puede hacer Marchesín, que mucho había hecho justo antes despejando a ese córner el remate de Guardiola, envenenado en el rebote por Mingueza.

Agita el árbol Coudet, que retira a Tapia para dar entrada a Veiga, y mete a Carles Peérez por Cervi, y lo siguen intentando los suyos. La posesión muestra un 75% para los visitantes a esas alturas del segundo tiempo, un período en el que los de Vigo suman media docena más de tiros, varios saques de esquina e infinitud de pases completados.

Todo arrojado al sumidero de una mala, de una pésima defensa, que se desnuda en apenas diez minutos. Tiempo más que suficiente para que Hugo Mallo conceda el tradicional centrito intrascendente que supone el tercero del Valladolid, obra de Guardiola; para que Aidoo haga un estúpido penalti que el propio Guardiola marra tras otra prodigiosa intervención de Marchesín; y para que el delantero local consiga su doblete con un nuevo centro, esta vez desde la otra banda, mal defendido en el inicio por Aidoo y Mingueza, centrales transparentes.

Aún tiene el Celta el segundo en un penalti clamoroso destapado por el VAR. Lo marra Iago a la primera. Y lo vuelve a marrar a la segunda, absurda repetición también desvelada por el VAR. Da igual. Ya da igual todo. La goleada escuece, irrita, desespera. Más viniendo de un equipo que sumaba 6 goles en 9 jornadas, y que hace 4 (fallando un penalti por el medio) en apenas 80 minutos. Sencillamente fascinante. Sencillamente, el Celta. Sencillamente imperdonable.