Los de Óscar García empatan a uno en Elche en un partido en el que merecieron más y en el que De Burgos Bengoetxea volvió a ser protagonista
No le hablarán de él ni a su hijos ni a sus nietos, ni permitirán que ocupe un rinconcito de su memoria futbolera. Es alto, espigado, con pelo eléctrico y un cierto toque de Espinete delgaducho. Camiseta amarillo, silbato negro, cómo no, y un pinganillo bien armado, dispuesto a dejarse asesorar por ese invento mal parido que bautizaron de modo cómico y brillante. El VAR. Es, una vez más, su ilustrísima, el señor De Burgos Bengoetxea, que se vuelve a cruzar con el Celta, que es cruzarse con su hinchada, con decenas de miles de vigueses y foráneos, con el corazón que late en la ciudad de Vigo.
Pero a De Burgos le da igual. Ya le dio igual en Mallorca hace unos meses. Y vuelve a darle igual en Elche. En el minuto dos un centro tensado golpea, de rebote, en la mano de Hugo Mallo, que ha visto la bota de Boyé rozando su frente marchita al tiempo que es golpeado por detrás por Pere Milla. Nimiedades, porque su mano ocupa un lugar que el tal De Burgos, VAR por medio y revisión de dos minutos más tarde, ha justificado en su conciencia. Una vez más.
Fidel no desaprovecha el regalo y adelanta a los locales. Pese a todo, pese a la clasificación, al futuro de Óscar y a De Burgos, surge entonces el mejor Celta del año. Un equipo más natural, protegido por Renato en el pivote, flanqueado éste por Brais y por Denis, que no deja de inventar, de proponer, de recordar lo que algún día aspiró a ser y no había llegado a ser. Su mejor partido de largo desde aquel fichaje-romance de verano hace ya 14 meses, tantos como millones abonados.
De él y de Iago surgieron dos mano a mano clarísimos; dos desafíos de Brais ante Badía. Dos duelos al sol descerrajados por el portero ilicitano. Uno con el pie. Otro con la mano. Pero seguía y seguía el Celta sin cejar, sustentado una y otra vez por Denis; por fin un socio para Iago. Con algún susto, como el de Boyé, que aprovechó un regalo del hermano gemelo de Murillo -este no puede ser aquel central que cimentó la permanencia hace no mucho- para tentar a la suerte y comprimir los corazones de la hinchada.
Y entonces apareció Mina. Sí han oído bien. Santiago Mina, que recogió una pelota acariciada con mimo por Iago para, después de perfilarse a la derecha, golpear mordido desde la frontal hacia la izquierda. Pudo haber hecho más Badía, aunque también debía haber hecho menos poco antes.
A la vuelta de vestuarios siguió el Celta gravitando sobre Denis y sobre Iago, una sociedad sobre la que soñar un futuro mejor. Un carrusel interminable de ‘uys’. La tuvo el de Moaña en el 51. Y la tuvo Mina, golpeando mal un centro llovido desde Mallo. La volvió a tener Iago en el 59, y reclamó penalti Brais en el 71. De Burgos, inmutable, ni se acercó la mano al pinganillo, en un gesto de púdico decoro. Para qué. No lo iba a pitar. Jamás al Celta.
Como tampoco quiso ver nada en un codazo clamoroso de Boyé a Brais que hubiese supuesto la segunda amarilla del punta local. Errar es humano, qué duda cabe. Pero ver el pómulo de Brais abierto, desangrándose, y no tener ni la vergüenza torera de consultar con el del VAR… eso no es errar, eso es pecar. Pero ya saben, es De Burgos Bengoetxea, y por fortuna, ni usted ni yo le hablaremos de él a nuestros nietos.
De ahí al final la volvió a tener el Celta en las botas de Iago, que falló lo que nunca falla: un tiro a puerta vacía. Y la tuvo también el Elche en la bota derecha de Morente. La fortuna, el destino o lo que sea empujó fuera ese balón. No hubiese sido justo para el Celta. No hubiese sido justo para Óscar. No así, no con esta imagen. Aunque De Burgos, tal vez, lo estuviese deseando. Al final, reparto de puntos que no aleja a los de Vigo del descenso, a donde pueden caer mañana. Y eso, más allá del árbitro, es una culpa propia. Demasiado tiempo al filo del infierno.

