Un año de mierda, con perdón

Los libros de historia explicarán que 2020 es un año de mierda, con perdón. En negrita, con arial black y sin cursivas; nos ha dejado Sean Connery y seguro que es culpa del partido comunista chino.

Echo de menos los tiempos simples, donde me podía tomar el vermú con no convivientes en la misma mesa; donde podía hacer lo que me saliese del higo, incluso la peor fiesta del mundo, incluso llevar flores a mis muertos, decir lo que pienso, decir que si un tunecino asesina a una brasileña en una iglesia de Niza el culpable es el tunecino y no Napoleón.

Me apetece volver a la guerra fría dónde el malo era un boxeador soviético dopado y mi héroe un señor de Philadelphia; echo de menos a Rocky, echo de menos a Vicente y al Flaco Gil. Extraño el sentido común.

Y metidos en confesiones les he decir que Hugo Mallo nunca ha sido mi capitán, y lleva varios años sin merecer jugar en Primera División. Y aún así, que lo deje sin brazalete un señor de Sabadell que estaba de paso confirma que este es un año mierda.

Me gustaría que a la gente que provocó disturbios estos días y reventó cristaleras se le llame vándalos y no negacionistas; me gustaría que alguien le explicase a Denis Suárez que su tiempo se acaba, y a Brais Mendez que debe ya letras de su crédito. Alguien debería plantarse ante Mouriño y enseñarle las 16 cartas de despido que acumula solo en uno de los puestos clave de su empresa.

Estaría fascinado ante una prensa que insistiese en las negligencias de la gestión de los gobiernos central, autonómico y municipal. Me encantaría que alguien le explicase a Alberto Núñez Feijóo que la prueba de antígenos que tuvo que pagarme mi empresa me la hice por el contacto con un compañero de trabajo, y no tomando una ‘1906’ a 7 metros del siguiente en la barra. Sería de gran ayuda que le susurrasen a Abel Caballero que deje de dar la nota con la Navidad en 2020.

Sería absolutamente maravilloso que se recordase a diario que con quien ponía coches bomba no se va ni a por el pan, y que los vicepresidentes de Castilla León son servidores públicos y no pueden amenazar con coartar libertades y restringir movimientos. Sería la bomba que Santi Mina aprendiese a controlar un maldito balón.

Estaría cerca del ideal que el IVA de las mascarillas no sea un asunto a tratar por 783 administraciones y pegue 3 vuelcos en un mismo día. En sueños dorados me entrego a la fantasía en la que Fran Beltrán pega un pase hacia delante y controla un balón de primeras, una balsa onírica donde Araujo se ha puesto en forma y Murillo no parece un dios caído. Este ha sido un año de mierda, con perdón, y la de goles de “Claudio Bovï” que nos quedan por aguantar. Aguanten carajo.