Tres puntos y poco más

Los jugadores del Celta celebran el gol de la victoria. Foto: LaLiga

El Celta se reencuentra con la victoria en un partido anodino salvado por un gol de Iago y varios destellos de Gabi Veiga

El runrún de las gradas del Martínez Valero dibuja un escenario de tensión anticipada, de dos equipos con media vida en el empeño en una tarde cualquiera de enero. Concretamente, en la tarde de Reyes, esa en la que los sueños cobran cuerpo, respiran, viven y hasta comen, alimentándose del anhelo de las ilusiones que esperamos; que esperan.  

Espera el Celta conseguir una victoria que le aleja del miedo del descenso, del drama sonrojante que supondría celebrar el centenario en el infierno. Y espera también el Elche otro triunfo, su triunfo, el primer triunfo de la temporada cuando ya se ha jugado hasta un mundial. Aunque las cosas no pintan mejor en Vigo: el Celta no gana desde octubre.

Con este panorama, no es de extrañar que los locales estrenen tercer entrenador -Pablo Machín- mientras que los visitantes tratan de consolidar la apuesta del segundo, la de Carvalhal, que insiste en construir desde la zaga, con tres centrales para tratar de ocultar las miserias defensivas.

Otros tres presenta el Elche y, pese a todo, a ninguno de ambos contendientes les ha ido muy bien hasta la fecha: 27 goles en contra suma el Celta; 34 los ilicitanos, que son ya 35 a los seis minutos de juego, cuando Gabi Veiga vuelve a dejar otro pedacito de intención en una jugada en la que gana la espalda y la línea de fondo antes de levantar la cabeza y poner el pase atrás. Roza el esférico Badía haciendo que la pelota vuelva atrás, lo que obliga a Iago a rematar con el pecho el 0 a 1.

Respira el Celta y se angustia el Elche, que aun con todo encuentra una jugada para el empate en botas de Roger. Lo impide esta vez Marchesín, ayudado por Unai en un último suspiro con el hombro que desequilibra lo suficiente al delantero.

Destellos de Veiga

Poco después Veiga prosigue con su lección juvenil, con todos esos detalles diminutos que anticipan la llegada de un pelotero descomunal, uno de esos que encandila a la grada y atrae a ojeadores extranjeros, demasiados. Primero gana un balón en banda con un cuerpeo de veterano antes de equivocarse al definir: teniendo a Iago solo pica marrando con la zurda a las manos de Badía. Después arranca en medio campo, tira un autopase cargado de suficiencia, y define abajo pero débil.

Y así, entre destello y destello, el choque alcanza el vestuario, paso previo a un segundo tiempo que suma ocasiones al ritmo que marcan dos equipos a los que solo les vale la victoria.

Se abre el Elche y acepta el desafío el Celta, tal vez confiado en que tiene más pólvora o en que tiene a Iago, que falla una vaselina desde veinte metros y estampa en los guantes de Badía un tiro de rosca desde la frontal. En el medio salva Marchesín un tiro franco y una internada de Boyé con pierna izquierda, segundos antes de que Iago filtre un pase que deja pasar Larsen (hoy suplente de Paciencia) para Veiga, que controla y pega fuerte y seco al primer palo, donde encuentra de nuevo los guantes de Badía.

Y entonces, con una hora de partido ya en las piernas, el partido se ralentiza, las ocasiones cesan y el Celta comienza a ser consciente del botín de los tres puntos. Paso a paso, segundo a segundo, la línea de centrales se acerca al área de Marchesín bombeando balones sin temor, ansiando una victoria que se resiste desde octubre.

Lo quiere evitar el Elche que agita el banquillo ante una grada insatisfecha, que no observa un triunfo desde la liga pasada. Demasiado tiempo, demasiado lejos, demasiadas ilusiones perdidas incluso en Reyes, en la tarde en la que el Celta coge aire para soñar con algo, no se sabe qué, pero más digno, aunque no es mucho, que con lo que sueña el Elche, que no es nada.