Tres años y un día

Por José María Sendra

La condena de aquella imagen del último minuto en Old Trafford dura ya lo que una por blanqueo de capital; y a este reo ni un ápice se le ha reducido la sentencia por buen comportamiento.

Hace tres años y un día escribí en un breve diario que mi mujer me regaló para que dejase documentada la infancia de mi hijo lo siguiente: Hoy te tengo que hablar del Celta, hemos perdido contra el equipo más rico del mundo de forma cruel, porque somos el celta y solo sabemos perder así.

Quizás fue el bombo que nos deparó rivales que pudimos doblegar, quizás fue la fe inquebrantable de Eduardo Toto Berizzo, quizás fue simplemente otro lugar común celeste, con un final teñido de una dureza atroz, o al menos así me lo pareció hace tres años y un día.

De aquella noche algunos le dirán que recuerdan con quién estaban y cada momento del partido, yo solo intuyo el dónde y no tengo claro al 100% con quién, supongo que lo viví tenso, porque así vivo a mi equipo. Solo tengo dos flashes, como en un accidente o en una abducción alienígena.

Ese maldito testarazo de Roncaglia, fue la sonrisa de un amor adolescente, el rubor de la esperanza perdida que vuelve, esa manía inhumana que tiene la celeste de nunca ahogarse en mitad del río por caudaloso que sea. Minuto 85 y ni saltó Facundo, Bally llegó tarde a la marca y el chiquito Romero hizo la estatua, y el drama se me vino encima como ese balón llovido.

Estoy seguro de que me levanté triste, recordando una y mil veces esa jugada que me robó un pequeño pedazo de inocencia celtista. Lloré y estuve malhumorado durante días, temiendo que aquel pesar ante la crueldad de la oportunidad perdida y cómo se perdió, jamás me abandonase. Pero los días, los meses, 36 y un día, han pasado y hay semanas que ya no recuerdo a John Guidetti llevándose las manos a la cara. Siempre amanece.

Pasará. Nos abrazaremos, gritaremos goles, acabaremos con esa patraña llamada nueva normalidad, porque nadie quiere un anormalidad nueva, queremos la nuestra. El miedo o escandalizarse por ver a gente haciendo deporte o sentados en terrazas pasará; la indignación por las desescaladas confusas y la clase política aprovechándose de una sociedad deshumanizada se olvidará. Volveremos, los que hemos podido, con un trocito de inocencia robada por un virus que nos ha hecho demasiado daño.

Dijo el Toto que de tanto golpear la puerta la derribaríamos. Si el Celta tiene esperanza no duden del individuo, no duden del ser humano.

Saldremos de esta.