El Observatorio Zeres alerta del fuerte desfase entre el coste de la vivienda y las nóminas y plantea si la pérdida de expectativas de mejora está contribuyendo al elevado absentismo laboral
Vigo es, en palabras repetidas durante años por Abel Caballero, la ciudad con mayor calidad de vida de España. Una afirmación que el alcalde ha convertido casi en otra seña de identidad viguesa, al nivel de las luces de Navidad o las rampas mecánicas. El problema aparece cuando esa calidad de vida pasa de los discursos a la calculadora doméstica. Los salarios de los principales convenios del entorno de Vigo han crecido alrededor de un 17% en cinco años mientras el alquiler lo ha hecho cerca de un 36%. Y conseguir una vivienda de dos habitaciones supone ya desembolsar habitualmente entre 750 y 900 euros mensuales.
La fotografía que dibuja el Observatorio Zeres es, por tanto, bastante menos amable. Su último análisis sitúa a Vigo ante lo que denomina una «tormenta perfecta», en la que confluyen la pérdida de poder adquisitivo, el fuerte encarecimiento de la vivienda y unos elevados niveles de absentismo laboral. La entidad plantea que estos fenómenos no deberían analizarse de forma aislada y apunta al creciente desgaste de los trabajadores y al denominado síndrome del trabajador quemado.
No deja de resultar paradójico. Caballero ha reivindicado en numerosas ocasiones la calidad de vida de Vigo como uno de sus grandes activos. Para una parte de quienes ya viven y trabajan aquí, sin embargo, mantener esa calidad de vida resulta cada vez más caro.
La vivienda corre mucho más que las nóminas
Los números ayudan a entender la distancia entre ambos relatos. La subida media anual pactada por convenio en el entorno de Vigo se sitúa, según los cálculos recogidos por Zeres, en el 3,43%, equivalente a un incremento acumulado del 17,15% durante el último lustro. Otras estimaciones elevan el crecimiento salarial general de la ciudad durante ese periodo hasta aproximadamente el 21%.
La vivienda ha seguido otra velocidad. El análisis apunta a un incremento cercano al 36% en los alquileres y del 26% en los precios de compra, mientras otras referencias utilizadas por el Observatorio sitúan por encima del 30% el encarecimiento residencial registrado en Vigo durante los últimos cinco años.
El resultado se percibe especialmente a final de mes. Según los datos recogidos en el informe, el salario medio en Vigo alcanza los 2.311 euros mensuales, mientras los portales inmobiliarios sitúan entre 750 y 900 euros el alquiler mensual de una vivienda media de dos habitaciones.
Eso significa que únicamente el alquiler puede absorber alrededor de un tercio del salario medio, antes de sumar alimentación, suministros, transporte, hijos, ocio o cualquier posibilidad de ahorro.
Más de ocho años de salario bruto para comprar una vivienda
El problema tampoco termina en los límites municipales. El Observatorio señala que la provincia de Pontevedra combina salarios declarados notablemente inferiores a la media española con unos precios inmobiliarios propios de territorios sometidos a una fuerte presión residencial.
Comprar una vivienda media en Pontevedra exigiría actualmente el equivalente a unos 8,5 años de salario bruto.
El análisis atribuye parte de esta situación al peso de sectores con convenios más rígidos o salarios reducidos, como la hostelería, determinados servicios o algunas actividades industriales y pesqueras, al tiempo que señala la presión que ejercen sobre la vivienda fenómenos como el crecimiento turístico en las Rías Baixas.
Vigo mantiene, pese a todo, una renta bruta disponible por habitante superior a la media gallega. Los últimos datos disponibles del Instituto Galego de Estatística, correspondientes a 2023, la sitúan sin embargo por debajo de A Coruña, Santiago, Ourense y Pontevedra.
El absentismo entra en la ecuación
Es aquí donde Zeres introduce el segundo elemento de su análisis. Galicia lleva años registrando cifras elevadas de absentismo laboral, especialmente relacionado con las incapacidades temporales, y Pontevedra presenta características que pueden agravar el problema.
Entre ellas aparecen el envejecimiento de las plantillas y el importante peso de actividades con una elevada exigencia física. La industria, precisamente, figura entre los sectores con mayores niveles de absentismo y tiene una presencia especialmente relevante en el área de Vigo por el peso de la automoción.
El fenómeno ya tiene consecuencias directas para las compañías. Más de la mitad de las empresas de Pontevedra declaraban en 2025 haber sufrido un empeoramiento logístico debido al absentismo registrado en sus plantillas durante el último año, según los datos manejados por el Observatorio.
¿Y si el problema no fuese únicamente el absentismo?
Fabián Valero, CEO de Zeres Abogados, propone cambiar el foco. A su juicio, reducir el debate a responsabilizar al trabajador y buscar mecanismos sancionadores supone abordar únicamente una parte del fenómeno.
Hay factores conocidos que contribuyen al aumento o prolongación de las bajas en Galicia, desde la elevada edad media de la población hasta las listas de espera sanitarias. Pero Valero plantea introducir otro elemento en la discusión: qué obtiene actualmente un trabajador a cambio de su empleo y qué expectativas reales tiene de mejorar su vida.
Durante décadas, una parte fundamental del contrato social ligado al trabajo se sustentó sobre una premisa relativamente sencilla: trabajar permitía progresar. Mejorar el salario, acceder a una vivienda, ahorrar y elevar paulatinamente el nivel de vida.
Zeres considera que esa expectativa se está deteriorando.
«El retorno económico y vital del trabajador se ha desplomado», sostiene Valero, que relaciona este fenómeno especialmente con territorios industriales y con el fuerte incremento de los precios de la vivienda.
Cuando trabajar no garantiza progresar
El Observatorio conecta esta pérdida de expectativas con otro fenómeno creciente: el síndrome del trabajador quemado. Los informes sobre salud laboral citados en su análisis reflejan el creciente peso de problemas como el estrés crónico, la ansiedad o el burnout en las bajas laborales.
Zeres plantea así una hipótesis que introduce un matiz en el debate sobre el absentismo: la presión económica y la percepción de que trabajar ya no permite progresar como antes pueden convertirse también en factores de desgaste laboral.
No significa que la subida de la vivienda explique por sí sola las bajas médicas ni que exista una relación causal automática entre ambos fenómenos. Pero el Observatorio defiende que tampoco deberían estudiarse como compartimentos estancos.
En Vigo, los números resumen bien la paradoja: una ciudad que presume de calidad de vida, pero en la que el coste de acceder a uno de sus elementos más básicos, una vivienda, lleva años creciendo bastante más deprisa que las nóminas.
Y quizá sea ahí, sostiene Zeres, donde haya que empezar a buscar también algunas respuestas al malestar que se manifiesta después dentro de las empresas.

