Tarde triste de pandemia

Iago persigue una pelota en el duelo de hoy.

La Real arrasa Balaídos tras imponerse 1-4 a un Celta sin alma, que no sabe si ataca o si defiende, y que suma 2 puntos de los últimos 18

La tarde tiene pena, melancólica, con el cielo azul grisáceo, casi malva, como si una gota de sangre haya enturbiado el gris plomizo que devora la jornada. La lluvia, impenitente, teje un molesto velo medio transparente que envuelve Balaídos, una vez más vaciado de morriña por el Covid. La hora tampoco ayuda; ese tiempo en el que los párpados se cierran arrumados por el run-run tedioso del agua sobre el césped. Tarde triste de pandemia, destrozada todavía más por la Real, que llega a Balaídos con la posibilidad de recuperar el liderato de LaLiga y no la desaprovecha. Pasa por encima del Celta, del primer al último minuto, del primer al último jugador, del primer al último canterano. 1 a 4 y gracias. El viernes habrá más, quién sabe si con Óscar en el banquillo.

Porque esta es la realidad, la única certeza de un equipo, el Celta, que acumula semanas sin ganar con el mismo ritmo vertiginoso del final de la pasada temporada, salvado entonces por la campana, por el VAR de Leganes y por la fortuna, caprichosa, de este juego. Un conjunto que deambula por el césped, confiado solamente en Iago y sus destellos. Qué pena de jugador, enterrados sus mejores años en la inexistente realidad de un proyecto sin proyecto.

Porque este Celta, hoy se ha visto una vez más, es peor que el de la temporada pasada. Aunque solo sea por la ausencia de Rafinha. También se echa en falta a Smolov -un delantero a fin de cuentas-. Y muchas otras piezas que pudieron estar y no están. Como Portu, que debió venir a Vigo hace unos meses y se perdió por el camino de amargura de no se sabe qué negociación. El extremo sale en el segundo tiempo, y entra una y otra vez por la banda con una facilidad casi insultante. El 0 a 3 y el 1 a 4 podrían ser repeticiones si no fuese por el error grosero de Murillo -que no ha estado, que no está- en el tercero ni en el duelo.

O como Silva, rumor de un verano de pandemia que también ha acabado en la Real, dando una exhibición bajo esa lluvia tediosa del otoño. Los centrocampistas del Celta -si hay alguno más allá de Tapia- todavía están buscando cada balón, cada amago, cada pase filtrado, cada control de ese genio de Arguineguín, hoy un poco más mayor que entonces, siempre igual de buen futbolista que cuando con apenas 18 años condujo al Celta, recién ascendido, hasta la UEFA.

Silva, que lo es todo y lo ha ganado todo, pero que desde su ‘metro setenta’ nunca ha sido un gran cabeceador. Hoy también sí. Altura suficiente para ganar la marca de Murillo y poner el primer gol. Paso previo a lo que se venía encima con una insistencia más cansina que la lluvia: la Real jugando al fútbol, algo que en Vigo no se practica desde el ‘Toto’.

Diez minutos después, en el 34, es Oyarzabal el que se suma a la fiesta entrando en el área como Pedro por su casa y probando a Rubén -la única buena noticia, ha vuelto un portero bajo palos-, que responde enviando el balón a la madera. El rechace, cómo no, es para el propio Oyarzabal, que entra caminando en la portería acompañado de su amiga, la pelota, esa cosa redonda que los de celeste buscan y no encuentran una y otra vez, aturdidos en la duda de si atacar o defender, intrascendentes en resumen. Sólo Iago y Nolito, con un par de conexiones de lo que un día fue y ya no es, suponen alguna amenaza.

En el segundo tiempo, más de lo mismo. Cae la lluvia y caen los goles. Uno es del Celta, de Iago, quién si no, gracias a la colaboración del árbitro, que pita penalti a Le Normand después de que saque la pelota, paso previo, cierto, a contactar con Brais. Pero es que la física tiene esas cosas, no hay forma de desaparecer después de realizar un corte limpio.

En cualquier caso, qué más da. Al final, la Real le ha mostrado al Celta lo que un día fue y hoy ya no es. No mientras que dure este esperpento. Dos puntos de los últimos 18 posibles. Una victoria en los primeros 8 partidos. Cinco goles a favor y 13 en contra. Iago contra el mundo. Al fondo, Elche. ¿Y en el futuro? Quién sabe. Pero pinta a más lluvia y más tristeza.