Tablas en el Oeste

Aspas intenta el remate ante Fernando. Foto: RC Celta

Celta y Almería empatan a dos goles en un intenso duelo que sumó los cuatro tantos en el primer tiempo y en el que los de Carvalhal pudieron llevarse el triunfo en el alargue

El sol descansa reluciente sobre el césped de Balaídos, de tono vivo, intenso, propio de la tarde de la primavera que arranca, cargada de ideas, de promesas, de propuestas por cumplir o por perder. Atrás queda la tristeza del otoño y el aburrido frío invernal, estaciones, como todas, de tránsito hacia un verano siempre henchido de nostalgia, de la morriña del Celta de Coudet al equipo eléctrico de Carvalhal. Es domingo de Ramos y la procesión celeste no tiene tiempo de asentarse.

Celta y Almería son dos vaqueros con la cara curtida por el sol, un western cinematográfico con sabor a otro tiempo; son golpes que se intercambian espesando la tarde; son ganas de vencer entre disparos. A los siete minutos Babic adelanta a los visitantes a la salida de un córner, y un puñado de segundos más tarde empata el Celta tras una jugada propia de esta nueva época que deja atrás el escepticismo inicial que provoca cualquier desconocido y camina con paso firme hacia algo, no se sabe qué, pero algo, prometedor a fin de cuentas.

Engancha la pelota Veiga en banda derecha, aguanta, levanta la cabeza y sirve el uno a uno a Seferovic. Quiere más el Celta, siempre buscando pases que rompen líneas, siempre con el corazón que late acelerado, siempre incapaz de dejar un mal bostezo entre la hinchada, necesitada de tanto, consolable con esto y con mucho menos que esto.

Y sin embargo, vuelve a golpear el Almería tras una indecisión de Aidoo, vencido en la carrera por Luis Suárez. Se muestra soñoliento el africano, como si le pesasen las horas o las piernas, perezoso en la disputa. El delantero no duda y gana el área cediendo en bandeja el tanto a Arnau Puignal.

No decae el ritmo ni el empeño y el Celta sigue empujando en la presión, buscando el error en la salida que facilite las cosas. Lo merece y lo encuentra. Es otro chispazo hacia adelante, un resbalón inoportuno y una pelota que cae a los pies de Carles Pérez. Está lejos el 7, a más de 35 metros de la meta de Fernando, pero rebosa confianza. Pisa fuerte en la carrera perfilándose para esa zurda callejera, que casi siempre sólo sabe chutar, como en el patio, y que como casi siempre chuta, como en el patio, un tiro fuerte y abajo que se cuela en la meta visitante.

Dos a dos y a vestuarios entre bocanadas de aire que se escapa. El ritmo tiene que bajar, y baja. Lo baja sobre todo el Almería. Imposible mantener tanta tensión, tanta embestida, tanto disparo impenitente. El Celta quiere más, y Carvalhal va refrescando el equipo para ello: poco a poco entran a escena Larsen, Tapia, Cervi y Paciencia. Por el camino se acumulan las ocasiones y los sustos: tiene el gol Iago a bocajarro, evitado por una encontrada de Fernando. Y lo tiene también Luis Suárez, que remata torcido ante la meta de Villar.

Galán sigue y sigue y sigue en una carrera eterna por la banda. Y allí lo encuentra una y otro vez Iago, que ocupa ahora el costado derecho, que ha dejado Carles Pérez medio cojo. El capitán filtra un pase diagonal detrás de otro a la espalda de una defensa sufriente y ordenada. Y Galán primero, y Veiga después, ofrecen centros buenos, malos y regulares que, en cualquier caso, no alcanzan su objetivo: el gol.

El Celta ofrece una última carga en el descuento. Un arrebato final alentado por una grada que cree, que añora, que agradece, que recuerda tiempos peores casi ayer, como quien dice. Y Iago recibe la pelota en el piquito del área, en esa zona en la que pasan cosas, y levanta la vista y pone una rosca esplendorosa que suena a gol desde el inicio, pero que lo que golpea es el palo de Fernando. Último disparo, casi mortal, de una preciosa tarde en el Oeste en la que las balas no han dejado de cruzarse. El Celta quiso más, siempre quiere más desde hace un tiempo, y el Almería mereció algo, aunque ese algo tal vez no llegase al punto que se lleva.