Tablas en el drama de Rulli y de Dituro

Parejo y Alberto Moreno celebran el tanto visitante tras el error de Matías Dituro. Foto: LaLiga

Celta y Villarreal empatan a un tanto en Balaídos en un duelo marcado por sendos errores de los dos porteros argentinos, que supusieron los dos goles de la tarde: el primero de Alberto Moreno, la igualada de Brais Méndez

Vuelve la liturgia pagana, la del hincha condenado a una plegaria absurda el sábado a las dos de la tarde, cuando los cubiertos suenan en la mesa y los silencios se multiplican en la grada, de vuelta medio vacía para contento, tal vez, de Marian. Han pasado quince días desde aquel gol de Iago al Barcelona, que bajo el sol frío de otoño surge en la memoria como un recuerdo ancestral, fantasmagórico. Sombras de algo soñado, no vivido. Como este Celta, como esta Liga, como este duelo que navega por el drama, por la delgada línea que conduce de un error a otro, de un portero a otro, del drama de Dituro al drama de Rulli que firman, sin quererlo, unas tablas que a nadie contentan.

Antes, el partido puede caer de cualquier lado, en una balanza de contrapesos continuos que comienza intensa aunque sin demasiadas ocasiones. Son esos minutos de inicio de combate, de dos púgiles que se tantean y bailan ágiles al ritmo de unas piernas frescas. Pero no hay golpes, no todavía, no hasta que Dituro quiere embolsar una pelota mansa que se le escurre entre los guantes suavemente, cayendo a los pies de Parejo, que cede a Alberto Moreno para que abra el marcador.

Acusa el golpe el Celta, que se tambalea y huele a KO, a fin de la partida, a jaque mate, devorado por la incertidumbre de una tropa que duda, que quiere pero no puede, que observa la crecida del Villarreal y recupera -porque el fútbol a veces es justo-, a Dituro para la causa, ya recompuesto del error, ya capaz de salvar a los suyos dos veces antes del descanso.   

Primero la tiene Trigueros, que la estampa en el pecho del meta argentino, que aguanta erguido la embestida, rodilla en tierra. Luego, más clara, mucho más clara, la tiene Dia, que en el mano a mano encuentra el pie milagroso de Dituro.

Así, entre sustos, alcanza el Celta el vestuario. Y así, entre disgustos -lesiones de Murillo y Santi Mina que obligan al ingreso de Araujo y de Galhardo-, recupera sensaciones tras el paso por el túnel.

No es que sea una locura ofensiva, pero vuelve la intensidad en cada duelo, en cada balón dividido, en cada salida de pelota. El Villareal, no obstante, aguanta serio, ordenado, inteligente, tal vez pensando más en lo que viene, el Mánchester, que en lo que hay, el Celta. Aún así tiene el segundo tras un error demencial de Fran Beltrán, que entrega a Dia, y este a Trigueros, que pega fuerte abajo para una mano imposible de Dituro, ya reconciliado con la vida, con la justicia y con el mundo.  

Y en ese escenario, de repente, como el hipo que no esperas o el beso imposible de aquel amor adolescente, surge el gol y el drama se equipara, se iguala, se equilibra hasta tal punto que de tan justo es casi hasta poético. La pega Beltrán de lejos, uno de esos balones que se deslizan por el césped como la piedra plana salta sobre el agua. Parece fácil, pero Rulli no ataja y el rechace cae sobre los pies de Brais, que ajusticia el 1 a 1.

De ahí hasta el final crece el Celta, que quiere una victoria en Balaídos que no llega desde aquel agónico triunfo sobre el Granada. A los dos minutos del empate, Brais, Galhardo y Iago hilvanan la mejor jugada de la tarde. Filtra el pase el 23, la deja con el taco el brasileño, y el capitán, de primeras, con la zurda, la manda fuera, al palo largo.

Al rato la tiene Denis en jugada anulada por el VAR que, si hubiese sido gol, habría demandado la pertinente revisión entre líneas de arquitectura colorista. Y la carga final es para los de Emery, con algún tiro lejano y algún susto de un Balaídos, ahora sí, entregado a un equipo que siempre quiere y a veces puede. Unos mimbres que dan para trece puntos en 14 jornadas, dos palmos por encima del descenso. Siguiente estación, Vitoria, otra vez en horario de liturgia pagana, otra vez el sábado a la hora de comer.