“Lo bueno del siglo XXI es que ya está todo inventado, también en materia tributaria. Por eso no hace falta concebir nuevos impuestos. Basta con subir y subir los existentes. Para qué darle al ingenio si llega con aplicar un porcentaje. Cada vez más alto, cada vez más grande”
Benjamin Franklin, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, lo tenía claro. Sólo hay dos cosas que están garantizadas en la vida: la muerte y los impuestos. La parca, como es natural, existe desde que el hombre es hombre; algo que también sucede con los tributos, aunque a veces parezca lo contrario.
Éstos, los impuestos, han sabido reinventarse y medrar a lo largo de los siglos, adoptando formas de lo más curiosas que iban desde el tributo al uso del aceite que se imponía en el antiguo Egipto, hasta los impuestos para pedos de las vacas, tan modernos los daneses para tantas y tantas cosas. A fin de cuentas, ya lo dejó escrito Shakespeare en boca de Marcelo, no de Hamlet: “Algo huele a podrido en el reino de Dinamarca”.
Entre unos y otros -entre la tasa que pagaban los egipcios para poder usar el aceite del propio faraón, y la que pagan los daneses por las contaminantes flatulencias de metano de sus vacas-, la historia ofrece muchos y muy variados tipos de impuestos.
Algunos perpetuados en el tiempo a través del lenguaje hablado, como el tributo a la orina -ya saben, el pis tiene o tenía usos industriales- que fijó el emperador Vespasiano en la Roma del siglo I para la venta del producto recogido en las letrinas públicas. Una forma singular de hacer historia: hoy en Italia el pueblo, siempre agradecido, llama vespasiani a los urinarios públicos.
Otros, más anclados a costumbre y tradiciones, con los manidos ricos siempre en el punto de mira. Algo que ya sucedía con los británicos del siglo XVII, que tuvieron la genial idea de arancelar las ventanas. Cuantos más huecos tuviera una vivienda -evidente signo de dinero, claro está- más impuestos tenía que pagar su dueño. Luego sucedió lo que debía suceder, que la gente comenzó a sellar con ladrillos cada vano. Pero había que intentarlo.
Lo bueno del siglo XXI es que ya está todo inventado, también en materia tributaria. Por eso no hace falta concebir nuevos impuestos. Basta con subir y subir los existentes. Para qué darle al ingenio si llega con aplicar un porcentaje. Cada vez más alto, cada vez más grande.
Fíjense, por ejemplo, en nuestro ayuntamiento. Con más de 100 millones de euros en caja -esa cifra que disfraza el palabro remanente-, en Vigo pagamos los impuestos más caros de Galicia. Y también de España en muchos casos, faltaría más. Es el caso del IBI, un tributo que deja a los gobiernos locales un porcentaje a aplicar sobre el valor catastral de una vivienda, y que oscila entre el 0,4% y el 0,91%. Aquí está fijado en ese 0,91%; así no hace falta cobrar por ir al baño.
Lo que sí que hace falta pagar es a la empresa de recaudación municipal, que estos días envía a domicilio, de puerta en puerta, algunos IBI que deberían haberse remitido por correo hace ya meses. Esto sería más económico para el bolsillo del contribuyente, y también más ordenado, claro está.
Un orden que podría aplicarse a la tasa de la basura, que es fija y no varía, por ejemplo, en función de la calle, como sucede en otros municipios. Usted, vecino de Vigo, paga los mismos 90 euros resida donde resida, aunque evidentemente el servicio no es el mismo. En las parroquias el camión pasa tres veces por semana, mientras que en el centro lo hace a diario. Por fortuna, no paga más si en su casa tiene más ventanas. En algo hemos mejorado.
Y qué decir del trato a las concesionarias. Si se hace una casa, Aqualia le retiene una fianza mientras que le cobra el agua a precio de obra hasta que no tenga licencia de primera ocupación. Pero tenga cuidado, cuando la obtenga, le aplicarán el IBI con carácter retroactivo, cobrándole el impuesto como si tuviese la casa entera desde el año de inicio de las obras. Ese carácter retroactivo no lo obtendrá, sin embargo, para lo que ha pagado de más ya por el agua. A fin de cuentas, qué más da. Si sólo hay dos verdades que no podemos esquivar: la muerte, y los impuestos. A estas alturas de relato, está todo inventado.

