Profesionales de Vithas Cadarso recomiendan no mirar a ninguna fuente de luz a menos de 20 centímetros de distancia 

El Dr. Javier Moreno Manresa explica que la excesiva exposición a la luz puede producir desde la dolorosa queratoconjuntivitis, hasta las molestas cataratas, entre otras patologías

El punto en que una luz pasa a ser molesta varía de una persona a otra; pero entre un 5 y un 20 por ciento de la población padece fotofobia, o gran sensibilidad a la luz. Expertos de la Clínica Vithas Cadarso, de Vigo, recomiendan no mirar a ninguna fuente de luz, natural o artificial, a menos de 20 centímetros de distancia, tal y como sostiene el Dr. Javier Moreno Manresa, oftalmólogo especialista en retina y vítreo.  

La luz es necesaria para la vista. Permite que la imagen de los objetos se refleje sobre la retina y transmita esta información al cerebro para que los identifique con formas y colores conocidos. La luz actúa sobre la retina estimulando los fotoreceptores que, ante la presencia lumínica, liberan una gran cantidad de sustancias químicas. El doctor Moreno Manresa explica que si hay un exceso de estas sustancias químicas “se puede producir un daño en los mismos fotoreceptores que dejarán de funcionar adecuadamente y, por tanto, se producirá una disminución de la visión”.  

Un ejemplo de esta excesiva exposición a la luz es la que se produce cuando miramos directamente al sol, lo que “genera un daño irreversible en la mácula (la parte central de la retina).  Además de en la mácula, la luz ultravioleta del sol o de su reflejo en el agua o la nieve, o la que procede de los equipos de soldadura, por ejemplo, “puede producir quemaduras superficiales en la córnea y en la conjuntiva, llamadas queratoconjuntivitis actínica, que es bastante dolorosa”.  

De hecho, cualquier fuente de luz tiene la capacidad de causar daño en la vista. Este daño dependerá de la intensidad de la luz y del tiempo de exposición y la distancia a la que el ojo se encuentre de la fuente de luz. “Como regla general, no es sano observar directamente una fuente de luz, especialmente si se trata de luz intensa de alta potencia”, afirma el Dr. Javier Moreno de la Clínica Vithas Cadarso.  

El cristalino también puede verse afectado por el exceso de exposición a la luz, ya que puede desarrollar opacidades (cataratas) que disminuyen la visión y requieren de cirugía para su extracción.  

Una misma fuente de luz puede producir distintas reacciones en distintas personas, ya que la sensibilidad a la luz varía de una persona a otra y está determinada, en gran medida, por la genética individual. Por tanto, “no hay una cantidad específica de luz, pero en todo caso, las luces artificiales que se utilizan para el alumbrado emiten una intensidad de luz que se encuentra dentro de un rango seguro para la salud visual”.  

“De todas maneras –advierte el especialista de la Clínica Vithas Cadarso- como medida de precaución, no es conveniente observar directamente ninguna fuente de luz a menos de 20 centímetros de distancia”.  

Clasificación de las lámparas 

Para garantizar la seguridad de los ojos y la piel –que también se puede ver afectada por la exposición a la luz-, las lámparas se prueban basándose en el peor de los casos, que sería la lámpara a una distancia de solo 20 centímetros.  

A partir de los resultados de estas pruebas estándar, las lámparas se clasifican en cuatro grupos de riesgo: “exentas de riesgo” (RG0), “bajo riesgo” (RG1), “riesgo medio” (RG2) y “alto riesgo” (RG3). Sin embargo, esta categorización de riesgo solo contempla los peligros derivados de exposiciones breves. 

Como norma general, la gran mayoría de lámparas pertenecen al grupo de “exentas de riesgo” y algunas excepciones se encuadran dentro de las de “bajo riesgo”. Los tipos de lámparas clasificadas como de “riesgo medio” o “riesgo alto” se destinan normalmente a usos profesionales en lugares controlados donde no representen ningún peligro. El uso indebido de las lámparas que se encuentran en los grupos de riesgo de 1 a 3 podría causar daños en los ojos y la piel evitables con las medidas adecuadas. Por ejemplo, las lámparas de halogenuros metálicos empleadas en la iluminación de estadios deportivos pueden suponer un riesgo si se utilizan a una distancia de 20 cm, pero su uso normal no conlleva ningún peligro. 

El Dr. Moreno Manresa también señala que “no está demostrado, a través de los estudios realizados hasta la fecha, que estos filtros tengan un efecto beneficioso sobre la salud visual, aunque cabe la posibilidad de que a largo plazo se puedan encontrar hallazgos que apoyen su uso, pues debemos recordar que nuestra exposición a estas pantallas tiene unos 30 años aproximadamente y el uso de estos filtros es relativamente reciente”. 

La fotofobia se trata reduciendo el uso de gafas oscuras 

La fotofobia se define como intolerancia dolorosa a las condiciones de luz normales, no representa en sí misma una enfermedad pero sí puede ser síntoma de múltiples enfermedades tanto oculares como neurológicas[ii]

Esta patología afecta entre el 5 y el 20 por ciento de la población general. Esta enfermedad tiene, en muchas ocasiones, un componente neurológico, por lo que es necesario en primer lugar determinar si se trata de un síntoma secundario o de una inflamación ocular (como la queratitis, o la uveítis), o de un trastorno neurológico.  

En el caso de que se trate de una enfermedad ocular, el principal tratamiento pasaría por disminuir el tiempo de adaptación a la oscuridad del paciente. De hecho, las personas con fotofobia severa que usan gafas oscuras “deben reducir su uso, ya que la oscuridad crónica aumenta la percepción del dolor y de la sensibilidad a la luz”, explica el Dr. Javier Moreno, que recuera que “hay algunos filtros especiales que, en estudios recientes, muestran una reducción de la fotosensibilidad en algunos pacientes con fotofobia”, aunque todavía es pronto para considerarlos como una solución efectiva y eficaz.