Pisar el planeta

La mayoría amorfa solo ven aves. Los utilitaristas, si no pueden sacar réditos personales, les molesta su ruido estridente. Los entusiastas, en cambio, miramos alrededor cuando escuchamos un débil trino. Paramos en seco, en silencio. Agudizamos la vista hasta dar con esa preciosidad que huye como los suspiros. Nos emocionamos con el naranja ufano de un petirrojo ajetreado entre matorrales. Los apasionados suspiramos por cazar el vivísimo azul chispeante del Martín Pescador zampándose un apetitoso crustáceo.

Para gozar del placer de contemplar hay que practicar: errar, aprender, empaparse, ir despacio, masticar  los conocimientos… y tal vez, con esa pizca de suerte necesaria, descubrir por vez primera una ave casi por casualidad. Es un regalo inesperado que agradecemos. Todo un esfuerzo solitario para que el saber se desenvuelva natural. Después, calados de sabiduría, toca generosamente instruir a los ignorantes entusiastas que alucinan cómo esos amantes de los pájaros saben de migraciones o cuando se trata de una cría hembra porque en el mentón tiene una delgada mancha de color ocre.

En el fondo, este conocimiento o ignorancia de las aves son las pistas de cómo vivimos con lo que nos rodea. Tal vez nos mueva el respeto por la naturaleza, el fanatismo o la humildad por asombrarnos ante lo que se nos muestra. O tal vez, el exterminio del planeta sin miramientos. O quizá, el agradecimiento ante tal milagro que nos endulza la existencia. Que cada cual reflexione cómo quiere pisar este planeta.

Yo lo tengo bastante claro. Ante la triste pérdida, prefiero recordar y  aprender de lo que fue Lord, el águila real ansiosa por vivir volando más allá de lo que la lógica permite a sus especies, o de cómo en 1974 se convirtió en el logotipo de VigoZoo siendo un polluelo, o cuando le tocó  renunciar a sus comodidades para servir al Aeropuerto de la ciudad. Actitudes de renuncia para seguir volando alto. La ceguera que lo acompañó al final de sus tiempos le salvó de caer en el error de enorgullecerse de sí misma viendo ufana los vigueses atónitos aprendiendo cómo puede ser de hermosa la naturaleza ante su plumaje imperial de colores pardos.

Escasos días antes, como la existencia misma, una águila ratonera regresó a la vida gracias a un vecino de esos que miran a su alrededor con respeto y compasión. Quién sabe si desde Cotobade esa águila ratonera que ya agonizaba, se va recuperando poco a poco de la amputación de una pata y sigue volando hoy en plena primavera, cuando los días se alargan cálidos, los árboles estallan de colores y las golondrinas de Bécquer juegan en las ventanas de los edificios avisándonos con elegancia de que colgarán sus nidos en nuestro balcón, y de paso nos alientan a que abramos los ojos y nos maravillemos del attrezzo de la naturaleza que nos acompaña en nuestro caminar.