El día despierta y nos lanza a la aventura de la vida. Cada persona es una vida única que se va hilvanando con mil detalles diarios ocultos. Mil rutinas forjamos antes de salir a la calle. Fuera, la gente viene y va, caminando cargadas de bolsas, hablando solas al y con el celular, conversando frenéticamente. Bicis, patinetes de moda, motos, coches, zapatos que se desgatan en el asfalto callejero. La ciudad late de puro movimiento.
Nos cruzamos siempre con ese transeúnte que tiene dibujado nuestro mismo rostro de sueño. Religiosamente a la misma hora, nos topamos con esas fisonomías sin nombre. Nos reconocemos vagamente, y tal vez sonreímos, pero las preguntas siguen, jornada tras jornada, sin respuesta: ¿Quién es, en el fondo? ¿A dónde irá? ¿Qué pensará de nosotros? ¿Qué espera de la vida?
Las rutinas nos dan esa seguridad que nos ayuda a prepararnos para afrontar los vaivenes inesperados del día. Nuestro mundo se va abriendo ante nosotros como un abanico. Nos pensamos, nos damos vueltas, y actuamos por realizar nuestras obligaciones o simplemente para buscarnos a nosotros mismos y dotarnos de significado. Cuando el día nos da una tregua, conectamos con el mundo. Quizá nos suena algo muy bestia que está ocurriendo en Oriente Próximo o en Estados Unidos o vete tú a saber, son hechos escabrosos y maléficos que producen seres humanos como nosotros.
Sin masticar como se merecen los sucesos, conectamos con nuestro horizonte. Fuera del yo mil vidas se viven todos los días. Historias terribles o de esperanza. Dolor o reconciliación con la especie. Nosotros, pero, por indiferencia o simplemente por nuestras propias limitaciones humanas, nos preocupamos fríamente por nuestras insulsas necesidades y deseos que nos acercan a un invento pasajero de felicidad.
El difícil reto es salir de nuestro ensimismamiento cuotidiano para no convertirnos en esos monstruosos insectos inhumanos e insensibles de La metamorfosis de Kafka que acaban matando de inhumanidad a Gregorio Samsa. Los que vienen lidiando con la crudeza diaria parten con la ventaja de saber que el mundo no son ellos y sus intereses y nada más. Experimentan que existe el mal, fruto seguramente de un dolor roto no sanado o de una soledad insoportable. Vivir enfrente de situaciones irracionales debe ayudar a situarse en el mundo, cuestionándose los motivos profundos que nos inducen a descarriarnos como especie. En este conocimiento de lo que podemos ser capaces de idear como humanos, queda el consuelo de pensar que estas experiencias punzantes sirven para ampliar nuestra mirada vital para con las personas, es decir, con nosotros mismos.

