Pedir perdón

Estado en el que quedó el paseo tras el hundimiento.

«Si la marea llega a estar alta, muchos se hubiesen ahogado sometidos por el peso de los que iban cayendo sobre ellos, asfixiados en una trampa mortal de agua y hormigón. Una trampa, insisto, por lo que no se ha sabido ni pedir perdón»

Vaya por delante que, en este caso, dan igual los matices judiciales de una sentencia aclaratoria, porque estamos hablando de que aquella noche pudieron perder la vida centenares de jóvenes vigueses. No se trata de dirimir quién paga las costas o no, como ha apuntado en un comunicado irrisorio el Concello de Vigo, encabezado por un alcalde que, durante estos casi cuatro años, no ha sabido ni tan siquiera reconocer una parte de su culpa y pedir perdón.

Porque eso, pedir perdón, es lo que nos hace más humanos. Y cuando la noche de 13 de agosto de 2018 el Paseo de las Avenidas se vino abajo, llevándose por delante a casi 500 personas que estaban allí disfrutando de un concierto, muchos pensamos que, quizás, lo único que tocaba era pedir perdón.

Pedir perdón porque ese mismo paseo llevaba décadas sin arreglarse; pedir perdón porque no se revisó como debería haberse hecho el escenario de un concierto autorizado por el Concello; pedir perdón por la imagen ofrecida al mundo entero; pedir perdón porque sólo la fortuna evitó que centenares de personas perdiesen la vida aquella noche. Si la marea llega a estar alta, muchos se hubiesen ahogado sometidos por el peso de los que iban cayendo sobre ellos, asfixiados en una trampa mortal de agua y hormigón. Una trampa, insisto, por lo que no se ha sabido ni pedir perdón.  

Ahora, el Tribunal Superior de Xustiza de Galicia deja claro, en su sentencia, que el Concello de Vigo era el responsable del mantenimiento de la zona en la que se produjo el accidente de O Marisquiño. Y ni el Concello ni su alcalde acaban de pedir perdón. Todo lo que se les ocurre es apuntar de nuevo hacia otro lado, tratando de desvirtuar la sentencia al afirmar, con impúdica desvergüenza, que ésta se produce con un “importante voto particular, de forma que la decisión no se toma por unanimidad, y no se imponen costas, lo que constituye un elemento procesal muy significativo”.

Tal vez ni el alcalde ni su equipo han tenido tiempo para leer la sentencia. Si lo hubiesen hecho, habrían descubierto alguna que otra frase aclaratoria. “Necesariamente, el mantenimiento debe conectarse con la seguridad y con el uso, y el Ayuntamiento no lo cumplió, a la vista de los documentos aportados, ya que diferentes cargas sobre los elementos cedidos pueden tener consecuencias distintas”. O: “Los usos se venían gestionando por el Ayuntamiento desde una posición de control de las instalaciones cedidas, por lo que necesariamente debería de controlar todas las medidas que afectasen a dichas instalaciones”. O también: “La obligación de mantenimiento por el Ayuntamiento de Vigo prevista en el convenio de 2 de noviembre de 1992 no se limita a labores de mantenimiento de los jardines y zonas de esparcimiento, sino también a los elementos que las sustentan”.

Frases por las que, quizás ahora, tres años y medio después, hubiese tocado, sencillamente, pedir perdón. Por desgracia, esa reacción ni se contempla. Hoy, igual que entonces, Caballero vuelve a mirar hacia otro lado. Porque no está de más recordar que en aquella época, tras guardar un tiempo de clamoroso silencio, el alcalde se descolgó, el 13 de septiembre, un mes exacto después de la fatídica noche, con las luces de Navidad. Un vídeo humorístico, por ser generoso en la expresión, que inmediatamente se hizo viral enterrando, en la época de la inmediatez, al accidente de O Marisquiño. Es legítima esa forma de actuar, qué duda cabe, y más si se trata de vender a la salida del verano el gran espectáculo de las luces, aún por descubrir en esas fechas. Lo único que algunos añoramos es haber sabido emplear esa facilidad de palabra para algo tan difícil como humano: pedir perdón. Aunque algunos nunca se equivocan, ya se sabe.