Otra derrota en la agonía

Veiga celebra un tanto celeste. Foto: LaLiga

El Celta cae en Almería 3 a 1 en un partido amputado por el VAR en el minuto 35, con la expulsión de Veiga que, poco antes, había marcado un nuevo golazo

Arranca la tarde perezosa en Almería, digna del tedio propio de las dos, del horario de liturgia pagana, del cansino calor del otoño en las tierras del sur. Las gradas rojas del Mediterráneo dan calidez a una escena ya de por sí colorida, marco de un choque que nace entre las dudas propias de aquellos que temen porque tiene mucho que perder.

Celta y Almería, Almería y Celta, dos equipos que transitan por la parte baja de la tabla, ese lugar común donde la línea que separa del infierno resulta tan tenue que el fuego provoca cierto espasmo.

Y así, entre el tedio y el miedo, entre el recelo y la modorra, trascurre el cuarto de hora inicial, el tiempo propio de las contemplaciones, entre las que apenas se suman un amago de penalti, un par de saques de esquina, y dos remates lejanos sin atino.

Hasta que un golpeo lo cambia todo y levanta a aquellos que estaban bostezando. Uno más, y ya no puede ser casualidad, de Gabri Veiga. El canterano recoge un balón en la frontal, un poco más atrás de la media luna, dejado por Carles Pérez, y golpea seco y fuerte. Está parado, no llega en carrera, no hay casi espacio para armar la pierna, el balón viene despacio, el peligro resulta intrascendente. Y pese a todo, boom. Un zapatazo tremendo de interior, que dibuja una parábola ascendente y lateral antes de golpear sobre el larguero e introducirse de modo violento y arrebatador en la portería defendida por Fernando Martínez.

El tedio se va al carajo con un golpeo de genio que, al rato, se convertirá en villano por esas estupideces decretadas por el VAR. Pero vayamos por partes, porque el desenlace tiene miga. Corre el minuto 28 y César de la Hoz deja una plancha infame y violenta sobre el pie izquierdo de Iago Aspas. El colegiado, Del Cerro Grande, decide mostrar amarilla, y el fiel escudero del VAR considera que no hay más.

Tres minutos después, Veiga intenta un control de pisadita y sobregiro, y en el desequilibrio del fracaso, termina por pisar a Robertone. Del Cerro no ve nada. El VAR sí, y decide que allí hay tema. Recomendar una roja para un canterano visitante, aun estando en ese estúpido invento de prelista del Mundial, resulta fácil para alguien situado en una cómoda silla ante una cómoda pantalla.

En resumen, final del espectáculo y a nadar contra corriente con visos de morir en la orilla. Más de sesenta minutos por delante.

Al descanso, con todo igual, doble cambio en cada equipo. Ingresan Lázaro Vinicius y Pozo en los locales, lo hacen Cervi y Tapia en los de Vigo, quedándose Carles Pérez y Larsen en vestuarios. Más físico y madera para tratar de contener lo irremediable en un equipo que lleva encajados 21 goles jugando once contra once.

Y así, como es lógico en este Celta, todo se viene abajo a los seis minutos de la reanudación, cuando una pérdida de Iago en medio campo deriva en un balón a banda para Pozo. Su centro se cuela entre las piernas de Renato y llega a Lázaro Vinicius, que pega mordido entre Mingueza y Núñez. Uno a uno.

Nada más sacar de medio Unai Núñez defiende hacia adelante sin demasiado convicción y regala un mano a mano a Baptistao, que la revienta sin sentido. Da igual. Cinco minutos después Cervi y De la Hoz acuden a por un balón dividido en la frontal, que se lleva el medio local pese a sumar bastante más minutos en las piernas. Su golpeo inmediato toca en Tapia y se convierte en el 2 a1.

Con más de media hora por delante poco le queda por hacer a una nave a la deriva y en inferioridad. Tal vez lamerse las heridas y buscar un milagro que no llega. Ni tan siquiera con Iago, que entrega por dos veces una promesa de gol a Fran Beltrán.

Mucho ida y vuelta, demasiado corre calles, pero el verdadero protagonista de ahí al final sigue siendo Del Cerro Grande, capaz de inventarse una mano de Aidoo en la frontal y un penalti de Cervi, esta vez sí, corregido por el VAR tras cinco minutos de deliberación. Es lo mismo. En el 95 llega el tercero en otra defensa surrealista, en otra serie de balones divididos sobre la línea de fondo que, curioso, siempre se llevan los locales hasta que Eguaras la empuja a puerta vacía.  

Otro día hablaremos de ese maravilloso invento, capaz de robarte a cámara lenta, frame a frame, estupidez a estupidez, desvirtuando la esencia del juego más simple del mundo. Ese en el que 22 hombres corren detrás de una pelota y en el que, de modo habitual, pierde el Celta. Incluso cuando se acerca el centenario.