Noche alegre de fado

Larsen celebra el tanto del empate. Foto: LaLiga

El Celta de Carvalhal comienza a encontrar su identidad en un empate a uno contra el Villarreal en el que por juego y sensaciones mereció más

La morriña y la saudade son como dos hermanas gemelas separadas por la fina línea de un río que se desliza hacia una desembocadura cargada de nostalgia. La morriña es más propia del Celta, que en los prolegómenos del partido recuerda lo que fue y lo que quiere ser; la saudade es para Carvalhal, que anhela algo que no termina de forjarse aunque se aproxima ello. Su Celta es como un fado, siempre melancólico, sonando bien pero arrebatado por la tristeza de la letra… o de la defensa. Que viene a ser lo mismo.

Porque las buenas partituras se escriben desde atrás, ese lugar menospreciado por el fútbol moderno, donde todo tiene que ser preciosista, cortito y al pie. Ya no hay centrales como los de antes, rudos, sucios y hasta apestosos, con barba de tres días y pelos sudorosos en las piernas. Como tampoco hay porteros que recuerden que son el único jugador que puede usar las tan manidas manos.

Hoy no. Hoy los porteros actúan como líberos, y sucede con frecuencia que la cagan, con perdón. Como le sucede a Marchesín en el único tiro a puerta del Villarreal en los primeros cuarenta y cinco minutos. El guardameta argentino golpea suave buscando a Cervi en la salida, en vez de hacerlo fuerte buscando la nada, que es un lugar mucho más agradable que el de la ignorancia. Y así llega el gol en cuatro toques: el primero, de Mandi, que anticipa de cabeza; el segundo, de Chukwueze, que prolonga con la zurda; el tercero de Gerard, un control majestuoso ausente de nadie que lo encime; y el cuarto, del propio delantero, que la empala según cae. Gol.

El Celta, como la letra de ese fado que interpreta, hace muchas cosas bien, pero no encuentra el gol. La tiene Veiga en el inicio tras un pase de Iago que rechaza Reina, y la vuelve a tener el propio Gabri en el 17 después de una bonita jugada entre Hugo, Aspas y el medio, que con todo de cara se encuentra con la pierna de Pau que va al suelo a tapar.

La letra está bien escrita, la música suena bien, pero cargada de tristeza, que es lo mismo que carente de gol. El que tampoco alcanza Iago tras otra cagada, con perdón, en este caso de Pepe Reina, que la rifa en la salida con el pie. El rechace llega a Veiga, que taconea para el diez, que recorta y remata mordida de derechas.

El número de ocasiones locales decae, aunque el ritmo se mantiene, a la espera de lo único que importa: el gol. Así llega el descanso, y así arranca el segundo tiempo con un cambio por equipo. Ingresa De la Torre por Cervi en el Celta, y hace lo mismo Pino por Chukwueze en los de Setién.

Y por fin, el gol

La música, pese a todo, sigue igual, mezclando morriña y saudade, sonando a añoranza de goles. Caravalhal lo percibe y arriesga con la entrada de Carles Pérez por Mingueza, lo que devuelve al equipo a una defensa de cuatro que obliga a más intensidad, a más presión, a más querer. Roba, toca e intenta, pero el gol, en ausencia de Iago, continúa sin llegar.

El Villarreal necesita menos. Le basta encontrar a Moreno y que este ilumine lo que hay, que no es poco. En una de esas se encuentra con Morales, que pone a temblar Balaídos con un zapatazo que toca por fuera el pico de la cruceta, ese lugar mágico con el que soñamos cuando somos niños, antes de que la edad adulta nos aleje de ilusiones tan estúpidas.

Quien no ceja en su ilusión es Carvalhal con más madera, buscando que el fado suene alegre, que el equipo encuentre el gol. Con ese objetivo entra Larsen por Óscar, que es meter a un delantero sin gol por un mediapunta sin gol. Aunque el noruego ofrece luces, controles, regates, destellos que hacen jugar al compañero. Y de repente… el gol. Un pase perfecto de Veiga, otro más, que deja solo a Larsen, que se hace mayor de golpe y pasa a ser Strand Larsen, el goleador, el hombre que empalma de primeras para que el fado empiece a sonar alegre.

Rompe el fuera de juego Kiko Femenía en la jugada, que acaba de entrar por Foyth, y Setién responde con su escuela torticera: al banco de vuelta tres minutos después de entrar. Quedan veinte más descuento y el fado ya no sabe a qué atender.

Pero el Celta quiere que suene bien y lo sigue intentando. La tiene Carles Pérez, y la tiene, tras otra gran jugada colectiva, De la Torre, que termina con un remate de rosca que se va rozando el palo ante la mirada suplicante de Reina, que ahora pide calma desde la atalaya que dan cuatro décadas vividas. El partido se desliza hacia el final y el segundo gol no llega; lo evita Reina por dos veces en otros tantos testarazos, de Renato -que entra por un Veiga agotado- y de Mallo. Al final, el fado suena alegre pese a todo: 21 remates, 8 de ellos a puerta, por uno solo del Villarreal. Jugando así tal vez el centenario acabe bien, quién sabe, con aroma de fado alegre de enero.