Más juego que goles y que puntos

Los jugadores del Celta se despiden de su afición al término del duelo. Foto: RCCelta

El Celta pierde 3-1 en el Camp Nou en un duelo que dominó mientras jugaron 11 contra 11, pero en el que volvió a evidenciar una exasperante debilidad defensiva

Estaba la noche pálida en una Barcelona aburrida, en la que el fútbol se juega en horario de liturgia pagana de Tebas: un partido que empieza el martes, y que termina casi el miércoles, tras una docena de minutos de descuento. Suficiente, todo ello, para constatar dos realidades: este Barça tiene más relato que fútbol, por mucho que algunos digan que la exigencia es ganar y jugar bien; este Celta tiene más fútbol que goles y defensa y, por supuesto, que puntos, perdida otra temporada con la mirada baja hacia el descenso, como un ave de corral incapaz de volar como Dios manda. Así, sin ambición, ha transcurrido una década en la cumbre, y así parece afrontar el Club su centenario.

Así, y con Iago un pedacito de vida más mayor, claro. Porque Iago es al Celta lo que Cruyff fue al Ajax; Maradona, al Nápoles; Messi, al Barcelona; o este Benzemá crepuscular al Real Madrid. Genios capaces de cambiar rutinas, pero genios que cumplen años. Como Iago, que en agosto alcanzará los 35 a la espera de un proyecto ganador que tal vez no llegue a ver nunca sobre el césped.

Porque además, lo poco y bueno que hay puede irse por el sumidero emponzoñado de las disputas estériles del Club. Estamos hablando de Denis, claro, que volvió a mandar y a ofrecerse en medio campo mientras que el duelo se disputó en paridad. Después llegó la expulsión de Murillo -sí, han oído bien-, y el partido terminó de perderse en el olvido, ese lugar de nuestra memoria al que no le podemos dedicar ni un mal trago ni un rato de esperanza.

Esa esperanza que ayer abarcó casi media hora, con el Barcelona deambulando, ignorando aquello de que aquí sólo se puede jugar bien, con césped o sin césped, demostrando que, efectivamente, a sus jugadores les falta ‘pulcritud’, ese nuevo palabro incorporado por Xavi a la pizarra destructiva del relato del fútbol moderno.

No fue pulcro, sin duda, Ronald Araújo en una cesión a Ter Stegen que dejó a Iago camino de un tanto que podía haber cambiado todo. Misteriosamente, al diez se le nublaron las ideas, se perfiló demasiado hacia su zurda, dudó y, en el trance, concedió el segundo suficiente para que el central uruguayo saliese vencedor de la pelea.

Pese al fallo, tocaba y mandaba el Celta, con la sensación, eso sí, de que un mal tempo podía mandarlo todo al garete. Tan grande es la sensación de fragilidad de este equipo, con una defensa de ‘Oliver y Benji’, caricaturizada al recibir el primer golpe, el primer balón que tocaba Dembelé, que tira un caño a Galán, salva la tarascada de Cervi y camina pletórico hasta el área, con Araújo, Néstor, reculando. El pase del extremo lo caza en el punto de penalti Memphis, que ni siquiera necesita golpear bien para hacer el primero, ante la inoperancia cómplice de Dituro.

Un tanto que no cambia nada, tal es el estado de decrepitud por el que, a veces, transitan ambos contendientes. El Barça no encuentra la pelota, pero tampoco le hace falta. Otra galopada, ahora por banda izquierda de Depay, concluye con un pase mordido al corazón del área. Néstor Araújo se deja la cintura en el intento de despeje, lento como un plomo en el giro necesario para hacer un buen golpeo, de tal forma que el esférico queda manso y botando en el área: un regalo para Aubameyang, que se gira y golpea al palo largo.

Y así, sin buscarlo y sin casi merecerlo, a expensas de que Xavi diga lo contrario, alcanzaba el Barcelona el vestuario con el partido encaminado. El lazo, a la vuelta del túnel, en otra galopada de Dembelé cuyo pase de la muerte caza el propio Aubameyang a la carrera.

A los dos minutos, tal vez por vergüenza torera, respondería el Celta en las botas, ahora sí, de Iago Aspas. Después, el caos, la barbarie y los bostezos provocados por la expulsión de Murillo, que había entrado por Kevin al inicio del segundo tiempo. Nada ya que vender, ningún relato que contar salvo el susto de Araújo, Ronald, que hubo de abandonar el campo en ambulancia.

Ni siquiera el juego acompañó entonces al Barça, y hasta Iago tuvo la ocasión de darle algo de emoción a una noche que ya caminaba perezosa hacia la madrugada, ese momento en el que todos duermen entre semana a excepción de aquellos que disfrutan, o lo intentan, con LaLiga. Un torneo al que le quedan dos partidos para bajar el telón. Paso previo a otro verano de promesas por cumplir en el que el Celta debe decidir qué quiere ser: algo o la nada; aspirar o bostezar; merecer o morir en el intento. Un buen delantero y un central serían suficiente para salir de la apatía. Casi nada. Casi todo.