Los isótopos de Albuquerque

Por: José María Sendra

En diciembre de 2019, la NBA, la liga de Doncic, la de las estadísticas, la de los retweets, los récords y las noches históricas cada martes en Milwaukee, batía marcas negativas en sus audiencias televisivas. Las estadísticas, decía Boza Malikovic, son como un bikini: enseñan mucho pero no muestran nada. Los números, a veces, también mienten. 

En enero de 2020, el Celta, que iba de corazón, el de Rafinha, el de los hijos pródigos y los retornos inesperados de los soñados y de los que nunca nos atrevimos a soñar, duerme en descenso con la perspectiva de tres equipos habituales de Champions en su calendario. 

Y así es como está el Celta, ya no de Vigo, solo Real y Club. Porque el 100% Vigo con el que un campechano empresario emigrante a las Américas comenzó su presidencia se quedó en alguna mala decisión arbitral en Granada, quizás en la cintura de Colotto o puede que en una chilena de Joan Tomás en Huesca. 

Hace apenas tres años los celestes coleccionaban presencias en semifinales, la plantilla era quizás corta pero plagada de internacionales y la comunión con  afición y  ciudad no tenía parangón en los entonces 94 años de historia del club. Pero los titulares los acaparaba una extraña conexión entre holdings chinos, Mos y un centro comercial con menajes escandinavos a precios populares. El éxito económico, los inmuebles de cúpulas parisinas en pleno centro y los hashtags han hecho olvidar a la familia Mouriño que lo que importa es ganar partidos.

Cualquiera que se acerque a este medio, viene de casa sabiendo cuáles son los males endémicos de este equipo en el campo. No es necesario hablar de una plantilla mal construida o de un entrenador u otro, cada inquilino de ese banquillo ha tenido menos culpa y trascendencia que el anterior.

El Celta, como institución, eligió centrarse en la visión empresarial. Carlos Mouriño olvidó que esto es deporte, el mayor entretenimiento del mundo, y que el éxito empresarial, de imagen y cada paso adelante como institución van siempre detrás del éxito deportivo. Los aficionados recordarán la falta con la que Iago abre la remontada contra el Villareal. Todos empujamos ese cabezazo de Mosquera en el Calderón en el 94 y debatimos si Beaveu la tenia que haber pegado durante meses. Pero nadie, amigo mío, le hizo un póster a Chaves ingresando el último cheque con el que abonar la deuda. 

Y así, atrapados en una realidad maquillada con emojis y hashtags y sin haber superado a la pareja perfecta que se fue demasiado pronto, se encuentra secuestrado el celtismo: encomendado otro año más a un chico de Moaña. 

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