LOS INGRATOS

España, 1975. Una maestra traslada a su familia cada vez que tiene un destino nuevo, lo que obliga a sus hijos a hacer nuevas amistades y pandillas. El protagonista principal es uno de ellos, David, de siete años. Es un niño con carácter, y su vida consiste en ir a la era, desollarse las rodillas, asomarse a un pozo sin brocal y viajar cerrando los ojos en el ultramarinos. Su madre está cansada de lidiar con sus problemas, por lo que contrata a una mujer, sorda y medio analfabeta, para que cuide de su hijo. Esto cambiará la vida del muchacho para siempre. Y también la de la mujer.

Autor: Pedro Simón – Editorial: ESPASA. MADRID, 2021 – Páginas: 288 – Género: Costumbrista. Público: Adultos


El otro día escuchaba en la radio que a los de mi generación, o sea, los jóvenes que ya hemos cumplido cincuenta, nos llaman los boomers. Supuestamente, eso significa que somos los nacidos durante el así llamado baby boom, la explosión de la natalidad después de la segunda guerra mundial, y que en España empezó cuando acabó en el resto del mundo. Bueno, pues esta novela es para esa generación, que somos en España en torno a siete millones de personas. Quizá por eso, y también porque es muy buena, ganó el premio Primavera de novela 2021, que todos los años entrega la editorial Espasa.

Pedro Simón (Madrid, 1971) es periodista del diario El Mundo, director del curso de Periodismo Social de Unidad Editorial y ha obtenido diversos galardones por sus artículos. Esta es su tercera novela, que probablemente tenga mucho de recuerdo personal; su protagonista supuestamente ha nacido unos años antes que él, pero sus recuerdos (lo digo por experiencia) son muy nítidos e infantiles, y auténticamente veraces.

Nos habla de la España de mediados de los setenta, cuando toda la familia era capaz de meterse con las maletas en un Simca 1200 (lo vemos ahora, y nos parece un coche de juguete) para trasladarse al pueblo, o en un 127 con asientos de escay de Castilla a Marbella, sin aire acondicionado, ni cinturones de seguridad en los asientos de atrás, ni autopistas, ni nada; si acaso, con toallas colgando de las ventanillas para aplacar el sol. Y sin que nos quejáramos. Habla de los niños con buena salud mental, que jugaban con sus amigos en el campo, que se tiraban pedradas, se caían de la bicicleta, y no veían la televisión porque solo había una en el pueblo, y tampoco tenían tiempo para verla; que dormían porque se caían de cansancio, y madrugaban porque había mucho que hacer. Para los que en cada esquina de la aldea había un misterio, y cada familia tenía su secreto…

Los que fuimos niños de esa edad disfrutaremos mucho con la vida de David. Quizá menos con una parte de su historia familiar, un duro problema de pareja de sus padres, que finalmente que obliga a la contratación de Emérita, una señora de la aldea que fue como una segunda madre para Tomás. A mí me hacer recordar a Tere, la señora que trabajaba en casa de mis padres cuando yo era niño, esas asistentas que eran parte de la familia y que estaban en casa todo el día. Personajes entrañables de la niñez, que ahora recordamos con un toque de nostalgia. En un capítulo final que lees con gesto contrariado, el protagonista, ya crecido… “Hasta aquí puedo leer”, diría Mayra Gómez Kemp. Si has entendido esta última frase, lee el libro.