Lo que el viento se llevó

Galhardo, que sustituyó a Mina tras un balonazo, tuvo las ocasiones más claras del Celta. Foto: RCCelta

Mallorca y Celta empatan a ceros en Son Moix en un duelo marcado por una ventisca interminable que elimina la posibilidad del espectáculo

Es una noche de liturgia pagana. Un viernes a caballo del invierno que viene, de la pandemia que vuelve, de la confusa oscuridad que reina en Palma, devorada por el viento que no cesa en un horario inútil de fútbol. A las nueve, cuando la gente duerme las penas semanales, el balón echa a rodar y Tebas, quién sabe, tal vez sonríe con el mismo gesto curioso de Gargamel cuando vislumbra pitufos, que también son celestes aunque más llevaderos de ver, de digerir.

Porque en Mallorca, hoy, poco hay que ver, salvo sentir ese viento que no cesa, que dobla hasta las trancas los banderines de córner, abatidos por la brisa. El mismo pedacito de césped donde no se puede sacar de esquina porque la pelota, incorregible, rueda sola ante la atónita desesperación de hinchada y futbolistas, con camisetas al viento y sin sudor, resumen perfecto de un primer tiempo catastrófico si entendemos el juego como mero espectáculo, como diversión primaria que excita los sentidos.

En Son Moix no pasa nada salvo el viento, histérica corriente que juega, hasta el descanso, a favor de los de Luis García. Eso, y dos detalles. El primero, un balonazo hecho bala por la brisa que acaba con Mina aturdido, obligado al cambio por Galhardo. El segundo, en las botas del propio delantero brasileño, que tiene detalles que mejoran jugadas, taconazos que evocan un futuro mejor inalcanzable, pero que sigue sin ver puerta, y en un balón llovido de una falta botada por Denis se encuentra la pelota, que estrella de primeras contra Reina.

Tras el paso por vestuarios el viento sigue soplando, pero esta vez a favor del Celta, que quiere más, que busca de nuevo recuperar fuera lo que ha perdido en casa. E intenta, siempre, como eterno destino, no mandar todo por el sumidero en algún error infantil. Como el lío entre Dituro y Aidoo a la salida de un córner, que casi aprovecha Russo.

Galhardo, mientras tanto, continúa sus insinuaciones, sus sugerentes taconazos que esta vez se traducen en caños. Acciones que alterna con su poética candidez de cara al gol, que se resiste con una mano abajo de Reina. A la salida del córner el meta bermellón vuelve a atajar el remate de Tapia de cabeza.

Continúa el viento rascando el césped y el Celta empujando a su adversario, en acciones cortadas o perdidas. Un último arreón, una esperanza. Un zapatazo de Galán que se envenena buscando portería, y dos remates, ya en la agonía del descuento, de Brais y de Nolito, que topan, otra vez más, siempre, con Reina bien plantado.

Cuando Díaz de Mera levanta los brazos al cielo ventoso de la isla, el público, cualquier público, respira aliviado. Concluye un partido llevado por el viento, una cosa semejante a un espectáculo, que deja a los dos equipos donde estaban, en la mitad baja de la tabla. La liturgia pagana continuará en Balaídos: sí, en otro viernes a las nueve de la noche. Tiempo de morriña, época de Tebas.